El pasaje del Evangelio de San Juan 13, 31-33a. 34-35, se sitúa en un momento profundamente simbólico y dramático: la salida de Judas del cenáculo, lo que marca el inicio de la pasión de Jesús. Es a partir de esa retirada, acto de traición y oscuridad, que Jesús pronuncia palabras que resuenan con una paradoja luminosa: “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre”. En la perspectiva teológica que se despliega en este texto, el sufrimiento y la muerte no son meras tragedias humanas, sino el lugar donde se manifiesta la gloria de Dios. Esta idea central será crucial para entender cómo el amor se convierte en el signo distintivo del discipulado cristiano y, más profundamente, en la revelación misma de Dios.
La glorificación de Jesús que menciona el texto no es un hecho que vendrá después de su pasión, sino que comienza precisamente en ese acto de entrega radical. En la mentalidad judía, la gloria de Dios estaba asociada al esplendor del templo, a la majestad de la ley o a los grandes actos liberadores del pasado. Jesús, en cambio, redefine la gloria desde la cruz, desde el servicio, desde el lavatorio de los pies que ha realizado poco antes. La gloria se manifiesta en el amor llevado hasta el extremo. Es una revolución teológica silenciosa pero contundente: Dios no es glorioso a pesar de la cruz, sino precisamente en ella.
La noción de glorificación en este contexto no es simplemente honor o reconocimiento, sino la expresión máxima de identidad: el Hijo revela al Padre en su entrega, y el Padre se deja ver plenamente en ese acto del Hijo. Es una glorificación mutua, una comunión de ser y acción que rebasa cualquier teología de poder o éxito. En este sentido, el texto invita a leer la historia no desde el aparente fracaso de la cruz, sino desde su sentido último como revelación. Jesús es glorificado no porque escapa del sufrimiento, sino porque ama hasta el final.
En medio de esa teología de la glorificación, surge el mandamiento nuevo. Jesús no introduce una norma ética simplemente superior a otras, sino que señala una experiencia nueva de lo divino: “Amaos como yo os he amado”. La novedad no está en el amor en sí, que ya estaba presente en la tradición judía, sino en la manera: un amor que se hace entrega sin condiciones, que no exige reciprocidad, que no se sustenta en la ley sino en la vida misma del Hijo. Jesús no llama a amar “al prójimo como a uno mismo”, sino a amar como él ha amado: un amor que se vacía por completo en favor del otro, incluso del traidor.
Este amor no es una virtud privada o un sentimiento interior, sino una praxis histórica. Por eso se convierte en el criterio fundamental del discipulado: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos”. No será por los ritos, ni por las creencias, ni siquiera por la fidelidad doctrinal, sino por la capacidad de amar en esa medida. El cristianismo, así, se despoja de sus pretensiones religiosas y se asienta en una clave radicalmente humanizadora. En ese sentido, esta palabra de Jesús anticipa una espiritualidad que no se encierra en templos ni sistemas, sino que se despliega en la historia concreta, en la relación con el otro, en la comunidad como espacio de revelación.
Desde una mirada que se podría llamar hermenéutica o desmitologizadora, este texto no debe entenderse como una afirmación dogmática cerrada, sino como una invitación a vivir la experiencia de Dios en la práctica del amor. Jesús no está enseñando un concepto teológico sobre la gloria, sino revelando el rostro de Dios en la forma más humana posible. En esa línea, podemos decir que lo divino no está fuera del mundo ni se impone desde arriba, sino que se ofrece como posibilidad en el rostro del otro. El amor se convierte, entonces, en el lenguaje último de Dios.
La salida de Judas marca, paradójicamente, el momento de máxima revelación. No es cuando todo está en orden, sino cuando se desata el conflicto, la traición, la noche, que se inicia la glorificación. Esta tensión es profundamente significativa: el Evangelio no huye de la ambigüedad del mundo, sino que la asume como el lugar donde se da la salvación. Por eso el mandamiento nuevo no es simplemente una norma moral, sino una propuesta existencial: amar incluso cuando parece inútil, cuando no hay retorno, cuando se trata de un amor que se da “hasta el extremo”.
Este amor, que es al mismo tiempo humano y divino, transforma la comunidad. Ya no se trata de pertenecer a un pueblo por genealogía o ley, sino de formar parte de un cuerpo unido por el amor recibido y compartido. En otras palabras, el mandamiento nuevo funda una nueva humanidad. Es en este contexto donde la Iglesia, o la comunidad creyente, se entiende no como institución de poder, sino como espacio de comunión, donde el rostro de Dios se hace visible en la entrega mutua.
En definitiva, el texto de Juan no solo ofrece una palabra de consuelo o un ideal ético elevado. Propone una clave de lectura del mundo, de la historia, de la existencia. Nos dice que la gloria no está en el triunfo sino en la entrega, que Dios no se impone sino que se revela en el amor, que el seguimiento de Jesús no se verifica en palabras ni dogmas, sino en la capacidad de amar como él lo hizo. En esa línea, cada acto de amor verdadero se convierte en un lugar de glorificación, en un pequeño cenáculo donde Dios vuelve a decir: “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre”.