El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, se ha convertido en un actor más del panorama político español. Su empeño en criticar ferozmente al Gobierno de Pedro Sánchez, su afinidad con el discurso de la ultraderecha y su silencio ante las problemáticas internas de su diócesis han generado un creciente malestar entre fieles y sacerdotes. En lugar de ser un guía espiritual centrado en las preocupaciones pastorales, parece más interesado en ejercer de líder de opinión en la trinchera ideológica de la derecha más dura.
De púlpito a tribuna política
Desde hace años, Sanz Montes ha utilizado homilías, cartas pastorales y entrevistas para cargar contra todo lo que huela a progresismo. Su discurso está plagado de referencias a conspiraciones ideológicas y de ataques a las políticas del gobierno central, acusándolo de querer imponer una agenda anticristiana y destruir los valores tradicionales. En sus intervenciones no faltan términos como «ingeniería social», «ideología de género» o «relativismo moral», como si la Iglesia estuviera bajo asedio por una supuesta ofensiva política.
Sin embargo, este fervor combativo desaparece cuando se trata de cuestionar a la extrema derecha. Mientras se muestra implacable contra el Ejecutivo y las políticas sociales, su voz se apaga ante los excesos y discursos incendiarios de ciertos sectores conservadores. ¿Acaso su deber como pastor no debería ser denunciar la injusticia venga de donde venga? Su selectividad a la hora de indignarse deja claro que su interés no es tanto la defensa del Evangelio como el refuerzo de una determinada agenda ideológica.
El olvido de la diócesis
Mientras el arzobispo libra sus batallas políticas, los problemas internos de la diócesis de Oviedo se acumulan. Basta con entrar en la librería diocesana para notar una preocupante ausencia de libros de formación teológica o pastoral. En su lugar, el espacio está repleto de estampitas, rosarios, imágenes devocionales y libros piadosos de dudoso rigor. La formación del clero y de los fieles parece haber quedado en un segundo plano frente al negocio de los artículos religiosos.
El clero asturiano, por su parte, no está precisamente en su mejor momento. Muchos sacerdotes se sienten abandonados por un pastor más preocupado por la política nacional que por la realidad de sus parroquias. La falta de apoyo a los curas que desempeñan su labor en zonas rurales, donde las vocaciones escasean y los recursos son limitados, es una queja recurrente. Sin embargo, el arzobispo parece más interesado en pronunciar discursos grandilocuentes que en solucionar estos problemas cotidianos.
El fin de la escolanía y el declive del seminario
Otro de los puntos negros de su gestión ha sido el cierre de la histórica escolanía de Covadonga. La justificación oficial fue la falta de rentabilidad, como si la labor de la Iglesia debiera regirse por criterios empresariales en lugar de pastorales. Con su desaparición, no solo se pierde una de las tradiciones más emblemáticas del santuario, sino también un espacio de formación y crecimiento para jóvenes con vocación musical y religiosa.
El seminario menor de la diócesis tampoco ha corrido mejor suerte. Lejos de fomentar el surgimiento de nuevas vocaciones, la gestión de Sanz Montes ha coincidido con una preocupante caída en el número de seminaristas. La crisis vocacional en Asturias no es un fenómeno aislado, pero la falta de un proyecto sólido para atraer y formar nuevos sacerdotes solo agrava la situación.
Un pastor que ha perdido el rumbo
Jesús Sanz Montes parece haber olvidado cuál es su verdadera misión. Su prioridad no debería ser actuar como un tertuliano más en la confrontación política, sino ocuparse de los problemas de su diócesis. Es preocupante que su discurso se asemeje más al de ciertos partidos que al de un líder religioso centrado en el servicio a su comunidad.
Si de verdad quiere dejar una huella en la Iglesia asturiana, haría bien en mirar menos a Madrid y más a las necesidades de su clero y fieles. Mientras siga jugando a ser un profeta de la derecha radical, la diócesis de Oviedo seguirá abandonada, y su labor como arzobispo quedará marcada más por la polémica que por el verdadero compromiso pastoral.