“¡De nuevo la guerra!”. La frase del Papa León XIV no es un suspiro piadoso ni una consigna diplomática: es un grito evangélico que desnuda nuestra época. Un tiempo en el que la violencia vuelve a presentarse como solución, el poder como salvación y las armas como garantía de estabilidad. Y, sin embargo, el Evangelio —terco, incómodo, profundamente humano— insiste en lo contrario: la violencia nunca es la opción correcta.
No es casualidad que el Papa llegue a esta afirmación provocado por las preguntas de los niños. No por expertos militares ni por estrategas de despacho, sino por quienes aún no han aprendido a justificar lo injustificable. Los niños preguntan porque no entienden por qué el mundo adulto ha normalizado la barbarie. Y el Papa responde poniendo nombre al horror: Gaza. Miles de niños muertos. Niños sin padres, sin casa, sin escuela, sin comida, sin una cama donde dormir. Esto no es un “conflicto”: es una tragedia humana y moral que sucede ante nuestros ojos.
El Evangelio no se esconde detrás de eufemismos. Jesús no bendice la fuerza ni aplaude la victoria militar. Dice, con una claridad insoportable para los poderosos: “Bienaventurados los que trabajan por la paz”. Y trabajar por la paz —recuerda León XIV— significa diálogo y no violencia, responsabilidad y no amenazas, soluciones políticas y no armas que siembran destrucción y muerte. Todo lo demás es propaganda, cuando no cinismo puro.
La historia reciente nos ofrece una lección sangrienta que muchos prefieren borrar. La invasión de Irak fue, como se ha dicho con acierto, la construcción de una gran mentira desde el poder. Se prometió democracia y se entregó un infierno. Se derrocó a Saddam Hussein, sí, pero al precio de miles de muertos, terrorismo, destrucción social y aniquilación de los derechos humanos. Aquella guerra fue como dar una patada a un avispero, y sus consecuencias siguen envenenando el presente: miedo al otro, radicalización, sociedades fracturadas y una Europa que se hunde moralmente.
Hoy el avispero vuelve a agitarse. Irán dispara misiles hacia Chipre y, aunque sean interceptados, el mensaje es claro: la guerra roza suelo europeo. La Unión Europea observa con preocupación cómo la espiral de violencia se acerca peligrosamente a sus fronteras. El Papa, en el rezo del Ángelus en la plaza de San Pedro, exige el fin de la violencia en Irán y condena también los ataques mutuos entre Pakistán y Afganistán, llamando a los líderes a una responsabilidad moral urgente, antes de que todo se convierta en una vorágine irreparable. Eso es Evangelio en estado puro.
Frente a este clamor, resulta obsceno escuchar elogios acríticos a la potencia militar como “faro del mundo libre”. La presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso proclama su admiración por Estados Unidos sin una sola palabra sobre las guerras preventivas, la exportación del conflicto y el reguero de muerte que acompaña a ese liderazgo global. Madrid y España albergan bases militares estadounidenses. Pensar que somos espectadores neutrales es una peligrosa ilusión: la guerra nunca pasa de largo cuando se instala en tu territorio.
Más inquietante aún es la utilización política de la violencia por parte de los extremismos. Vox ha hecho del miedo su bandera y del enfrentamiento su identidad. Su líder, Santiago Abascal, celebró con entusiasmo la victoria de Donald Trump, envuelta en una retórica de “patriotas” que suena mucho a exclusión, muros y conflicto permanente. Se instrumentaliza el voto, se glorifica la fuerza y se desprecia al diferente. Nada de esto huele a Evangelio.
La ironía alcanza niveles casi grotescos cuando recordamos que Trump llegó a sugerir que merecía el Premio Nobel de la Paz. Resulta tentador sonreír, pero la risa se congela al mirar a Gaza, a Irak, a los niños sin nombre enterrados bajo los escombros. “Por sus frutos los conoceréis”, advierte Jesús. Y los frutos de esta política son siempre los mismos: cementerios llenos, derechos vaciados y sociedades moralmente devastadas.
El cristianismo no es neutral. No puede bendecir bombas mientras reza padrenuestros, ni aplaudir líderes que viven del conflicto mientras habla de amor al prójimo. Quienes apoyan proyectos políticos que no luchan por la paz —aunque se envuelvan en banderas o crucifijos— se sitúan fuera del Evangelio. Porque amar al enemigo no es un eslogan piadoso: es una exigencia radical que desmonta la lógica del poder y deja al descubierto la mentira de la guerra.
Hoy, cuando los niños preguntan por qué el mundo adulto mata, y no sabemos responder sin mentir, el fracaso es nuestro. Y, sin embargo, aún queda una salida: volver al Evangelio, escuchar el grito del Papa, romper el silencio cómplice y decir, sin ironía esta vez, que la paz no se construye con armas ni con amenazas, sino con justicia, diálogo y verdad. Todo lo demás —aunque se vista de patriotismo— es muerte.
Y conviene decirlo con claridad evangélica: la posición del Gobierno de Pedro Sánchez, expresada por José Manuel Albares y respaldada desde Defensa por Margarita Robles, al rechazar la escalada militar y apostar por la diplomacia, se acerca hoy más al espíritu del Evangelio que muchos discursos envueltos en banderas y cruzadas patrióticas. Negarse a participar en una acción unilateral que siembra más caos no es tibieza, sino responsabilidad moral, porque —como recuerda Jesús y repite el Papa— ni la paz ni la justicia nacen jamás de la violencia, y ponerse del lado de la vida, incluso cuando incomoda, es también una forma concreta de trabajar por la paz.