Hay ciudades que se esfuerzan por avanzar, otras que resisten con dignidad y algunas que, como Ferrol, parecen haber abrazado con entusiasmo una nueva corriente cultural: el surrealismo administrativo aplicado al asfalto, una disciplina donde los baches se convierten en lagunas, las excusas en doctrina política y la gestión en un ejercicio narrativo de alto nivel. La primera imagen que abre este artículo no es una exageración ni una sátira construida: es un pescador sacando peces de un bache urbano lleno de agua, una escena tan perfecta que parece diseñada por un equipo creativo especializado en denunciar el abandono sin necesidad de escribir una sola palabra.
Esa fotografía no es solo una anécdota visual, es un símbolo, una metáfora tan precisa que duele, porque retrata una ciudad que ha llegado al punto en el que el absurdo ya no sorprende, sino que se acepta con una mezcla de resignación y humor defensivo. Cuando un agujero peligroso puede transformarse en una broma viral, lo que falla no es el ingenio ciudadano, sino la confianza en que alguien vaya a hacerse cargo del problema.
En este contexto, el concejal de Obras, José Tomé, manifestaba públicamente su frustración en un diario, explicando que el mal tiempo impide arreglar las carreteras. Y, efectivamente, es cierto: la lluvia no ayuda, el asfalto requiere condiciones técnicas adecuadas y las obras no se hacen por arte de magia. El problema surge cuando esa explicación se repite tantas veces que deja de ser una circunstancia y pasa a convertirse en un sistema, en una especie de argumento total que lo justifica absolutamente todo, desde el bache más pequeño hasta el cráter más profundo.
Porque aquí no estamos ante una sucesión de imprevistos, sino ante una forma de gestionar basada en la espera, en aguantar, en dejar pasar el tiempo mientras se acumulan agujeros, riesgos y enfado ciudadano. Mientras tanto, la ciudad se llena de conos que el viento desplaza con más eficacia que la administración, de marcas pintadas que no arreglan nada pero tranquilizan conciencias, y de conductores obligados a improvisar maniobras constantes para no destrozar sus vehículos o algo peor.
Circular por Ferrol se ha convertido en una experiencia interactiva, casi lúdica, donde cada trayecto incluye un componente de sorpresa, reflejos rápidos y una dosis de fe considerable. No se trata de alarmismo ni de exageración, sino de situaciones reales que ya han estado a punto de acabar en accidente, como el caso reciente de un taxi que, al esquivar un bache, coincidió con otro vehículo haciendo exactamente lo mismo desde el sentido contrario, demostrando que cuando la gestión falla, el peligro se reparte por igual.

La segunda imagen, situada en la entrada de la ciudad, funciona como un saludo institucional involuntario: un enorme agujero lleno de agua recibe a quien llega a Ferrol con una claridad meridiana, como diciendo “bienvenido, aquí las cosas se explican mucho y se arreglan poco”. No es un punto aislado ni una excepción desafortunada, es una postal coherente con el resto del paisaje urbano.
Llegados a este punto, la pregunta deja de ser técnica y se convierte en profundamente política. ¿De verdad la única respuesta posible es esperar a que mejore el tiempo? ¿De verdad no existen medidas temporales eficaces más allá de señalar el problema y confiar en que nadie tenga un accidente serio? ¿O es que la política municipal ha asumido que explicar el problema es suficiente gestión?

Ya advertía Aristóteles que la política debía orientarse al bien común y al servicio de la comunidad, pero aquí da la sensación de que se ha reinterpretado esa idea hasta convertirla en el arte de justificar lo inevitable, como si los baches fueran fenómenos naturales y no el resultado directo de decisiones humanas.
Esta dinámica encaja perfectamente con una percepción cada vez más extendida: muchos cargos públicos no entienden la ciudad como un proyecto a cuidar, sino como una etapa transitoria, un lugar donde no conviene incomodarse demasiado porque el verdadero objetivo está en otro sitio. En esa lógica, el ayuntamiento se convierte en un trampolín, y la ciudad, en un escenario secundario donde los problemas se administran para que no estorben demasiado a la carrera política.
No es casual que esta forma de actuar recuerde a una lectura superficial de Maquiavelo, donde lo importante no es gobernar bien sino no desgastarse, no asumir riesgos y sobrevivir al mandato sin demasiadas turbulencias. Mientras tanto, los baches crecen, la frustración se acumula y la normalización del deterioro avanza sin oposición.
También Platón desconfiaba profundamente de los gobernantes que buscaban el poder por ambición personal y no por vocación de servicio, porque sabía que cuando la política se convierte en una carrera individual, las necesidades colectivas pasan inevitablemente a un segundo plano. Y pocas necesidades son tan básicas como garantizar que una ciudad sea mínimamente segura para transitarla.
Lo verdaderamente grave no es el estado de las calles, sino la aceptación colectiva de que esto es lo normal, de que los baches forman parte del paisaje urbano como las farolas o los semáforos. Hoy los agujeros se llenan de agua, mañana de resignación, y pasado mañana de olvido. La imagen del pescador no debería hacernos reír, pero lo hace, porque el humor se ha convertido en la última defensa frente a una política que ha renunciado a incomodarse a sí misma.
A este ritmo, no sería extraño que algún día se organicen jornadas turísticas, concursos de pesca urbana o rutas guiadas por los cráteres más emblemáticos de la ciudad, todo ello mientras se sigue explicando, con gesto serio, que no se puede hacer nada hasta que deje de llover.

Gobernar no es explicar por qué no se puede, ni repetir la frustración como si fuera una solución en sí misma, ni confiar en que el tiempo arregle lo que la política no se atreve a afrontar. Gobernar es decidir, incluso cuando incomoda, incluso cuando no luce y aunque no dé titulares amables. Y cuando eso no ocurre, la política deja de ser servicio público y se convierte en una sofisticada técnica de autoprotección.
Ferrol no necesita más relatos ni más explicaciones impecables; necesita responsabilidad, acción y respeto por quienes viven y circulan por la ciudad. Porque una ciudad que acepta baches como lagos, conos como estrategia y excusas como política no debería sorprenderse cuando los problemas crecen y las respuestas siguen siendo exactamente las mismas.
Hasta entonces, caña en mano, solo queda desear buena pesca… y no olvidar quién decidió que esto era gobernar.