En un tiempo marcado por el endurecimiento del discurso público, la instrumentalización del miedo y la reducción del ser humano a problema político, la figura de monseñor Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol y presidente de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones de la Conferencia Episcopal Española, se alza como un testimonio evangélico nítido y coherente. No se trata solo de palabras acertadas, sino de una forma de situarse en la realidad desde el corazón mismo del Evangelio. Y eso, hoy, resulta profundamente incómodo.
Su valoración del inicio del proceso de regularización extraordinaria de personas migrantes como una “noticia llena de esperanza” no responde a una lógica ideológica ni a una toma de posición partidista. Responde a una convicción teológica y pastoral: la dignidad de la persona humana es previa y superior a cualquier estatus administrativo. Por eso, como él mismo subrayó, esta medida no es únicamente un avance legislativo, sino un verdadero acto de justicia social, que reconoce una realidad largamente ignorada: miles de personas que ya sostienen sectores clave de nuestra sociedad mientras viven atrapadas en la irregularidad, la precariedad y la exclusión.
Este paso histórico es fruto de un trabajo perseverante de diálogo y compromiso impulsado por la Iniciativa Legislativa Popular apoyada activamente por la Iglesia, a través de Cáritas y la Conferencia Española de Religiosos (Confer). Un ejemplo elocuente de que la búsqueda del bien común, cuando es honesta y constante, puede abrir caminos incluso en contextos políticos polarizados.
El contraste con el discurso dominante en buena parte de la derecha española es, en este punto, evidente. Mientras la Iglesia —con García Cadiñanos como una de sus voces más claras en el ámbito migratorio— insiste en integración, reconocimiento y derechos, el Partido Popular y Vox han optado por asumir el marco del miedo. Un miedo construido sobre afirmaciones reiteradas hasta la saciedad y desmentidas por los propios datos oficiales, que muestran que el aumento de la población migrante no conlleva un incremento de la delincuencia, sino todo lo contrario.
Sin embargo, los datos han dejado de ser relevantes cuando el objetivo no es comprender la realidad, sino condicionarla emocionalmente. En este contexto se inscribe la insistencia de Alberto Núñez Feijóo en proclamar que “la nacionalidad española no se regala, se merece”, una frase que no solo reproduce sin disimulo los marcos de la ultraderecha europea, sino que reduce la pertenencia a la comunidad política a una lógica de mérito, profundamente ajena al humanismo cristiano.
El Evangelio no conoce esa lógica. “Fui extranjero y me acogisteis” (Mt 25,35) no es una exhortación piadosa, sino un criterio decisivo de discernimiento. No hay condiciones previas ni excepciones morales. Hay personas concretas, con rostro y nombre, ante las cuales se juega la fidelidad al mensaje de Jesús.
Especialmente preocupante resulta la reiterada criminalización de los menores no acompañados, convertidos en objeto de sospecha sistemática y utilizados como símbolo de amenaza. Se cuestiona su edad, se pone bajo presión a los profesionales que los protegen y se normaliza un discurso que deshumaniza a niños y adolescentes en situación de extrema vulnerabilidad. Frente a esta deriva, el Evangelio es inequívoco: “El que acoge a uno de estos pequeños en mi nombre, a mí me acoge” (Mc 9,37).
Este marco no es solo local. Responde a un modelo internacional que tiene en Donald Trump uno de sus referentes más explícitos. Durante su presidencia, se aplicaron políticas de criminalización del migrante, separación forzosa de niños y padres y detención de menores, incluidos niños muy pequeños, en centros duramente cuestionados por organismos internacionales. No se trata de exageraciones retóricas, sino de hechos ampliamente documentados. Ese es el horizonte ético que inspira a la ultraderecha y al que el Partido Popular se aproxima peligrosamente.
Frente a ese mundo de muros, expulsiones y castigo al inocente, la actitud de Fernando García Cadiñanos se sitúa en una lógica radicalmente distinta: la del Evangelio de la compasión, la centralidad del vulnerable y la primacía de la persona. No es casual que su ministerio haya estado marcado por la cercanía a los presos, la defensa de la reinserción y la atención constante a quienes quedan fuera del sistema.
A esa coherencia pastoral se suma una forma de vida que no es decorativa, sino profundamente evangélica. Fernando García Cadiñanos no duerme en el palacio episcopal, sino en el seminario; no dispone de chófer ni de privilegios asociados al cargo, y mantiene una austeridad personal real, elegida conscientemente. No es una pose ni un gesto simbólico: es una manera concreta de situarse entre la gente y de recordar que el ministerio episcopal no se entiende desde la distancia, sino desde la cercanía. Su sobriedad cotidiana refuerza la credibilidad de su palabra, porque habla desde una vida que intenta transparentar aquello que anuncia.
Esta coherencia ha sido reconocida también en el ámbito eclesial más amplio, incluida la propia Santa Sede, y dentro de la Conferencia Episcopal Española. Que sea el máximo responsable del área de migraciones no es fruto del azar. Habla desde la experiencia pastoral, desde el acompañamiento real, no desde el análisis distante. Como el Buen Pastor, no huye ante el conflicto ni se pliega al discurso dominante cuando este contradice el Evangelio.
Mientras tanto, el Partido Popular muestra una creciente orfandad de proyecto propio, atrapado entre la presión del ala más radical y la imitación constante del discurso de Vox. En ese proceso, se han sacrificado principios básicos de humanidad y convivencia, y se ha abandonado cualquier pretensión de liderazgo moral.
La regularización extraordinaria no resolverá todos los problemas estructurales, pero abre cauces reales de integración, reconoce una realidad social ya existente y devuelve serenidad a miles de personas. Por eso la Iglesia se alegra. “Alegraos con los que están alegres” (Rom 12,15). Porque esa alegría compartida es signo del Reino que ya actúa en la historia.
En este contexto, Fernando García Cadiñanos encarna una Iglesia que se resiste a pactar con el miedo. Un pastor evangélico. Un hombre bueno. Un recordatorio incómodo de que no se puede invocar el cristianismo mientras se legitima la exclusión del débil.
Y, sin embargo, la cuestión de fondo es aún más profunda. Resulta difícil comprender cómo, teniendo ante nosotros la palabra directa de Jesús en Mateo 25, seguimos sin tomar plena conciencia de lo que está en juego. “Fui extranjero y no me acogisteis” no es una imagen simbólica: es criterio de juicio. No se evalúan adhesiones ideológicas ni identidades culturales, sino la respuesta concreta ante el sufrimiento del otro.
La tradición profética es contundente. No hay separación posible entre culto y justicia, entre oración y compasión. Cuando se ignora al pobre, al extranjero, a la viuda o al huérfano, el culto se vacía de sentido. Los profetas lo repiten sin ambigüedades: Dios no escucha la oración que se desentiende del clamor del oprimido. Hacerse sordo al sufrimiento del prójimo conduce a un culto estéril.
Persistir en esta ceguera no es un error menor. Es una ruptura con el núcleo del Evangelio. El Reino de Dios inaugurado por Jesús invierte la lógica del mundo: coloca a los últimos en el centro, convierte al herido del camino en prójimo y prohíbe pasar de largo. Cuando una sociedad pasa de largo, se deshumaniza. Cuando una comunidad creyente lo hace, traiciona su vocación más profunda.
Por eso, figuras como Fernando García Cadiñanos no son solo oportunas: son necesarias y proféticas. Su palabra y su vida recuerdan que la fe sin justicia se marchita, que la oración sin compromiso pierde su verdad, y que una Iglesia que no defiende al extranjero deja de parecerse a Jesús. Esa es la Iglesia llamada a evangelizar la cultura, no adaptándose al miedo dominante, sino ofreciendo un testimonio alternativo, fiel y exigente.
Porque ante el sufrimiento del prójimo no existen neutralidades moralmente aceptables. O se tiende la mano, o se pasa de largo. Y pasar de largo —como advierten el Evangelio y los profetas— no es una omisión inocente. Es una forma de muerte espiritual. Y, llegado el momento, una palabra de juicio.