Del enamoramiento a la fe: cuando pedimos al amor humano lo que solo puede dar Dios

Del enamoramiento a la fe: cuando pedimos al amor humano lo que solo puede dar Dios

Vivimos en una cultura que habla insistentemente de amor, pero que a menudo confunde enamoramiento, amor y salvación. En un contexto marcado por la fragilidad de los vínculos, la soledad y la pérdida de referencias estables, muchas personas buscan en una relación afectiva la paz, la seguridad y el sentido que no encuentran ni en sí mismas ni en la fe. El enamoramiento aparece entonces como una promesa de plenitud: alguien que me mira, me elige, me confirma, me hace sentir valioso. Sin embargo, cuando ese enamoramiento se apaga, fracasa o simplemente no llega, el vacío no solo permanece, sino que a veces se vuelve más hondo.

Esta experiencia no es marginal. Atraviesa hoy a creyentes y no creyentes, también a muchas personas que siguen vinculadas a la Iglesia pero viven una fe frágil, incapaz de dialogar con sus heridas afectivas. Pensar esta realidad desde el Evangelio no significa idealizar el enamoramiento ni despreciarlo, sino colocarlo en su lugar humano para que no cargue con un peso que no puede sostener.

El enamoramiento humano es una de las experiencias más intensas y verdaderas de la vida. Quien ama aprende a esperar. Espera a la persona amada cuando sale del trabajo, mira el reloj con impaciencia, reconoce unos pasos antes de ver el rostro, siente cómo una mirada o una sonrisa devuelven la paz al día entero. Ese amor es humano, concreto, corporal, frágil y, al mismo tiempo, profundamente bello. No es solo emoción: es presencia, deseo, promesa, comunión. Precisamente por eso, porque nace de lo más hondo del corazón humano, puede convertirse en una puerta hacia algo más grande, pero también en un lugar de gran sufrimiento si se le exige lo que no puede dar.

El problema no es el enamoramiento. El problema aparece cuando lo absolutizamos: cuando le pedimos que nos salve, que cure todas las heridas, que garantice una paz definitiva. Viktor Frankl, desde la experiencia límite del sufrimiento, recordaba que el ser humano no vive solo de placer ni de poder, sino de sentido. Amar y ser amado da sentido, sin duda, pero cuando ese amor se rompe o no llega, muchas personas se quedan sin suelo interior. Entonces la pregunta por Dios deja de ser una cuestión teórica y se vuelve urgente, aunque a menudo se viva como decepción, distancia o silencio.

Esperar al amado tiene algo de oración. El enamorado vive atento, despierto, con el corazón en vela. La Biblia conoce bien esta experiencia. En el Cantar de los Cantares, uno de los textos más hondos de la Escritura, la amada dice: «Yo dormía, pero mi corazón velaba» (Ct 5,2). Desde muy antiguo, este libro ha sido leído como canto al amor humano y, al mismo tiempo, como símbolo del amor entre Dios y la humanidad. Dios no se revela primero como norma ni como sistema moral, sino como Alguien que busca, que pasa, que llama y espera respuesta.

Xabier Pikaza ha insistido con claridad en que el cristianismo no nace de una moral ni de un esfuerzo religioso, sino de una experiencia originaria de amor. Dios no es el premio al final del camino, sino el comienzo. No se trata de alcanzar a Dios, sino de dejarnos encontrar por Él. Por eso la Primera Carta de Juan lo formula con una radicalidad que descoloca: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero» (1 Jn 4,10). Esta afirmación cuestiona tanto nuestras imágenes de Dios como nuestra manera de amar.

En el enamoramiento hay un gesto decisivo: la mirada. Ser mirados sin juicio, reconocidos tal como somos, produce una paz que no se compra. Algo semejante ocurre en los evangelios. Jesús no comienza exigiendo ni corrigiendo; comienza mirando. Del joven rico se dice: «Jesús lo miró con amor» (Mc 10,21). Antes de cualquier llamada ética, está esa mirada que afirma la dignidad y devuelve valor. Tal vez aquí la Iglesia tenga todavía mucho que aprender en su modo de acompañar las historias afectivas reales, a menudo marcadas por la fragilidad y el fracaso.

El hermano Roger, fundador de la comunidad de Taizé, lo expresó con una sencillez desarmante: Dios solo puede amar. No vigila para condenar, sino que espera para acoger. Para él, la fe no era una doctrina complicada, sino una confianza del corazón, un abandono en la bondad de Dios incluso cuando la vida está atravesada por la fragilidad. Nada resulta más contrario al Evangelio que una imagen de Dios que genera miedo, culpa o autoexigencia permanente. El amor de Dios no se impone; atrae. Como el amor humano verdadero, no domina ni posee: libera.

Muchos hombres y mujeres llegan hoy a la vida adulta heridos: por traiciones, fracasos, inseguridades y también por los reproches de los demás, a veces incluso dentro de comunidades cristianas. Cuando alguien ha sido juzgado, reducido a sus errores o definido solo por su pasado, el daño se vuelve más profundo. Poco a poco, esas voces externas se transforman en una voz interior que acusa y castiga. El alma queda con hambre de refugio. Entonces, una sonrisa limpia, una mirada respetuosa o un gesto de amabilidad pueden ser vividos como salvación. No es debilidad: es condición humana. El riesgo aparece cuando ese corazón herido exige al amor humano lo que ningún ser humano puede dar del todo.

Aquí el Evangelio introduce una corrección decisiva. Jesús se sitúa siempre junto a quienes han sido juzgados. Ante la mujer acusada, rodeada de reproches, pronuncia una palabra que devuelve la dignidad: «Tampoco yo te condeno» (Jn 8,11). Y a la mujer cansada junto al pozo le dice: «El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás» (Jn 4,14). No niega la sed humana, pero señala una fuente más honda. El amor de Dios no humilla ni abandona: sostiene, devuelve poco a poco la confianza, enseña a no castigarse eternamente por el pasado.

Cuando una persona se sabe amada por Dios, el amor humano deja de ser una tabla de salvación desesperada y puede convertirse en camino compartido. Dios no sustituye al amor humano, pero lo sana en su raíz. Desde ahí, el amor deja de ser posesión o dependencia y se vuelve don, encuentro y libertad.

El Evangelio cierra este itinerario con una invitación que interpela hoy a una sociedad cansada y a una Iglesia llamada a cuidar mejor las heridas: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). No es una llamada para los perfectos, sino para quienes han amado mucho, han sufrido mucho y ya no saben dónde descansar. Tal vez ahí se juegue una de las tareas pastorales más urgentes de nuestro tiempo: ayudar a distinguir entre enamoramiento, amor y fe, para que el corazón humano no cargue con un peso imposible y pueda descubrir, por fin, un amor que no falla.

El Evangelio no promete amores sin ruptura ni vidas sin herida. Promete algo más hondo: una presencia que no se retira cuando todo falla. Por eso la invitación de Jesús no es una consigna espiritual ni una huida del mundo, sino una palabra dirigida a quienes ya no pueden más: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). No se trata de dejar de amar humanamente, sino de dejar de pedir al amor humano lo que no puede sostener. Tal vez la fe comience ahí, cuando el corazón, cansado de buscar refugios frágiles, se atreve por fin a descansar en un amor que no seduce ni promete éxitos, pero permanece. Y desde esa permanencia, aprender de nuevo a amar sin miedo, sin exigencias absolutas, sabiendo que el sentido último de la vida no se conquista, sino que se recibe.