El papa León XIV: La denuncia del negocio de la guerra y la urgencia de la paz

El papa León XIV: La denuncia del negocio de la guerra y la urgencia de la paz

No fue un saludo. Fue un juicio. No fue una cortesía diplomática. Fue una acusación. El discurso del papa León XIV ante el Cuerpo Diplomático sonó como las antiguas voces proféticas que atravesaban los palacios y denunciaban a los reyes: una palabra que no pide permiso, que no negocia su sentido, que no se deja domesticar.

Así dice la conciencia, y no el cálculo: el mundo ha aprendido a convivir con la violencia porque le resulta rentable. La guerra ya no escandaliza; se administra. El miedo ya no alarma; se comercializa. La muerte ya no conmueve; se contabiliza.

Inspirado en san Agustín y La Ciudad de Dios, León XIV recordó una verdad olvidada: la humanidad vive entre dos ciudades. La ciudad terrenal, edificada sobre el orgullo, la dominación y la acumulación, y la ciudad de Dios, fundada en la justicia, el cuidado del débil y el amor al prójimo. Hoy, la primera no solo domina: se presenta como inevitable, como si no existiera alternativa.

¡Ay de quienes llaman seguridad a la amenaza y paz a la preparación de la guerra! La guerra ha dejado de ser un fracaso para convertirse en política. Ya no es el último recurso, sino una herramienta legítima del poder. Se disfraza de defensa, de estabilidad, de orden, pero su corazón es económico. La guerra es un negocio, y uno de los más lucrativos de nuestro tiempo.

La industria armamentística no sobrevive a pesar de los conflictos, sino gracias a ellos. Necesita enemigos constantes, fronteras en tensión y pueblos atemorizados. Donde no hay guerra, se la inventa; donde hay paz, se la sabotea.

León XIV habló con claridad: la acumulación de armas no protege la vida, la pone en peligro. Portaviones, misiles, ejércitos hipertrofiados y sistemas de vigilancia sostienen un orden que vive de la muerte. La diplomacia deja de ser palabra y se convierte en amenaza. Cuando la fuerza habla, la verdad calla.

El ejemplo es visible para quien no haya cerrado los ojos. Estados Unidos, bajo Donald Trump, expande el complejo militar-industrial y exige a Europa que haga lo mismo. Se promete protección, pero se siembra inseguridad. No se busca la paz: se busca la supremacía.

¡Ay de los gobernantes que ya no gobiernan! Muchos Estados han sido capturados por grandes corporaciones económicas, tecnológicas, energéticas y militares. La política se ha rendido al beneficio. La democracia se ha vaciado por dentro. Se vota, pero no se decide. Las grandes decisiones se toman lejos del pueblo y contra el pueblo.

En este sistema, la vida humana deja de ser sagrada. Se calcula, se desplaza, se descarta. Millones de personas son empujadas a la pobreza, al exilio o a la muerte en guerras que no eligieron. Los civiles pagan lo que los poderosos cobran.

En Tierra Santa, la sangre no se seca. Gaza y Cisjordania siguen siendo tierra de duelo. Las treguas se anuncian, pero la violencia continúa. La Santa Sede recuerda que la solución de dos Estados es el único camino justo para palestinos e israelíes, pero el mundo prefiere administrar el conflicto antes que resolverlo. La vida del inocente se sacrifica en el altar de la geopolítica.

A la violencia de las armas se suma la violencia de la mentira. León XIV denunció la desinformación global. Nunca hubo tantas palabras y tan poca verdad. La publicidad engaña, la política confunde y los grandes medios repiten consignas. La mentira se ha vuelto estructura.

Aquí se cumple la advertencia de Orwell: cuando la mentira gobierna, la verdad se convierte en delito. La guerra necesita propaganda para existir. Necesita enemigos absolutos, relatos simples y miedo permanente. Un pueblo confundido es un pueblo obediente.

El Papa advirtió también sobre las tensiones crecientes en el Caribe y en la costa pacífica americana, y sobre el narcotráfico que devora a los jóvenes y corrompe a las sociedades. Guerra, drogas y dinero forman una misma cadena, y sus eslabones siempre conducen a los mismos beneficiarios.

La humanidad siempre conoció la violencia, pero hoy la situación es nueva. El mundo entero es una sola torre, una Babel global sin salida. Ya no hay lugares seguros. Cualquier conflicto puede incendiarlo todo. Los poderosos responden con más control y más vigilancia, pero el Papa fue claro: la seguridad absoluta destruye la libertad, y sin libertad no hay vida digna.

Por eso León XIV defendió la objeción de conciencia. Decir no a la violencia no es traición: es fidelidad a la dignidad humana. Es un límite frente a sistemas que exigen obediencia ciega. Donde se anula la conciencia, nace el totalitarismo.

El Evangelio atraviesa todo este juicio como una espada. No es un adorno piadoso ni un consuelo espiritual: es una acusación directa. “No se puede servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24). Y, sin embargo, el mundo ha elegido servir al dinero, incluso cuando ese dinero se alimenta de sangre.

Jesús no bendijo imperios ni ejércitos. Nació fuera del poder, vivió entre los pobres y murió como víctima del Estado. “El que a hierro mata, a hierro muere” (Mt 26,52). Toda civilización que se funda sobre la espada está condenada a devorarse a sí misma.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz” (Mt 5,9), no los que fabrican armas, no los que justifican guerras, no los que convierten el miedo en negocio. El Evangelio no legitima la violencia: la desenmascara.

“Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Cada niño muerto bajo las bombas, cada familia desplazada, cada migrante rechazado en una frontera armada es Cristo de nuevo crucificado. No hay neutralidad posible ante esta verdad.

Jesús fue claro: “No tengáis miedo” (Lc 12,32). Pero los poderes de este mundo gobiernan precisamente sembrando miedo. Quien gobierna desde el miedo no sirve a Dios, sirve a la dominación.

Y aquí se abre un juicio que alcanza no solo a los poderosos, sino también a quienes miran y callan. No basta con no hacer el mal. Hay un pecado más silencioso y extendido: el pecado de omisión. Ver la injusticia, comprenderla, poder resistirla —aunque sea mínimamente— y no hacerlo. Saber que la guerra es injusta, que la mentira es estructural, que la vida humana es sacrificada, y aun así seguir adelante como si nada. El silencio cómodo, la neutralidad prudente, la excusa de que “no se puede hacer nada” terminan sosteniendo aquello que se dice rechazar.

Por eso León XIV recordó que la paz no es un equilibrio de amenazas, sino un camino exigente de justicia. “Mi paz no es como la que da el mundo” (Jn 14,27). La paz del mundo se compra con armas; la paz de Dios se construye con verdad, justicia y misericordia.

León XIV cerró su palabra como la cierran los profetas y como la exige el Evangelio: sin promesas fáciles. La paz no nacerá de más armas ni de más control, sino de corazones desarmados, justicia concreta y protección real de los más vulnerables. Mientras las corporaciones del miedo sigan dictando las reglas y los gobiernos obedezcan, el Evangelio será traicionado y los inocentes seguirán muriendo.

La pregunta no es simbólica ni retórica. Es juicio y es llamada:

¿De qué lado estamos?