Dios, justicia que salva: una mirada profunda a la parábola de la viña

Dios, justicia que salva: una mirada profunda a la parábola de la viña

La parábola del Señor de la viña en Marcos 12 ha sido durante siglos uno de los textos bíblicos más debatidos. Tradicionalmente, se ha presentado como advertencia de un Dios que castiga, un juez severo que no tolera la rebeldía humana. Sin embargo, una lectura teológica cuidadosa, a la luz de autores como Torres Queiruga, Romano Guardini, Xabier Pikaza y José María Castillo, revela otra perspectiva: Dios no destruye para hacer justicia; Dios salva para hacer justicia. La parábola no habla de condena, sino de amor rechazado y de la insistencia infinita de un Dios que busca la vida de sus hijos.

Históricamente, el contexto en que Jesús contó esta parábola era un tiempo de fuertes tensiones sociales y religiosas. Los labradores que aparecen en la historia representan a los guardianes de un sistema que monopoliza el acceso a la viña —la tierra, la comunidad, la gracia—. En ese marco, la parábola revela la ceguera del poder religioso frente a la acción inclusiva de Dios. Guardini subraya que Jesús utiliza estas imágenes para mostrar la tensión entre la libertad humana y la fidelidad divina: Dios se arriesga, respeta, espera; la libertad humana puede cerrar la puerta incluso ante la gracia.

El gesto de enviar al hijo —y el rechazo que sufre— tiene un significado profundo. Pikaza explica que no se trata simplemente de la muerte física de un hijo, sino de la resistencia humana al amor de Dios. La violencia simbólica de la parábola refleja las consecuencias del rechazo, no la voluntad de un Dios punitivo. Aquí es donde Queiruga es clarísimo: un Dios que ama no puede desear la destrucción eterna de sus hijos; sería como una madre que encierra a su hija en una habitación oscura para siempre. Una madre no puede hacerlo, y Dios mucho menos. La parábola, entonces, es un recurso pedagógico que busca despertar conciencia, no sembrar miedo.

Dentro de las comunidades contemporáneas, esta tensión entre amor y justicia se manifiesta incluso en gestos simples, pero poderosos. Una persona dejaba cada semana un cartel: “Dios nos ama, Dios es bueno.” Poco después, alguien respondía con otro: “Pero también es justicia.” Ese intercambio aparentemente inocente refleja un dilema teológico profundo: la interpretación humana de la justicia suele asociarse con castigo, miedo o control. Sin embargo, la tradición bíblica y teológica entiende la justicia de Dios de manera distinta: como restauración, reconciliación, defensa de los vulnerables y plenitud de vida. La justicia divina no contradice la bondad de Dios; es la forma en que su bondad actúa en la historia. Queiruga insistía en que confundir justicia con venganza proyecta nuestros temores sobre Dios y oscurece su amor.

José María Castillo recuerda que la verdadera medida de cualquier interpretación cristiana es la vida de Jesús. Él no actuó como un juez implacable; acogió, perdonó, liberó y restituyó dignidad a los excluidos. La justicia de Dios, mostrada en Jesús, restaura y transforma, no destruye ni excluye. La resurrección confirma que la última palabra de Dios es amor, no miedo, y que su justicia no anula su misericordia.

El peligro de una lectura literal de la Biblia es real y tangible. Cuando se ignoran los géneros literarios, el contexto histórico y la riqueza teológica, surgen interpretaciones que alimentan el miedo, la culpa y el control dentro de las iglesias. Esta visión puede generar heridas profundas: expulsiones, humillaciones, abuso de autoridad, censura de la diversidad de pensamiento y de la proclamación de la salvación universal. La justicia de Dios exige responsabilidad y reparación, nunca humillación ni imposición coercitiva. Cuando la comunidad interpreta la Biblia como si Dios fuera un juez punitivo, reproduce dinámicas de poder humanas disfrazadas de fe, y el amor que Jesús enseñó queda escondido tras muros de miedo.

El contraste de los carteles lo muestra con claridad. La primera declaración —“Dios nos ama, Dios es bueno”— expresa confianza, cercanía y esperanza. La réplica —“Pero también es justicia”— refleja la visión humana de control y castigo, una perspectiva que interpreta la corrección como amenaza. Teológicamente, esta tensión evidencia cómo muchas comunidades aún luchan por comprender la justicia restauradora de Dios, que no castiga eternamente, sino que invita a la transformación y al encuentro con la vida. La parábola de Marcos 12 y los carteles nos recuerdan que el amor de Dios y su justicia no son contradictorios; son inseparables.

Además, esta parábola nos ofrece un mensaje universal y profundo: la salvación no es un privilegio, sino una invitación abierta a todos. La justicia que proviene de Dios busca que la viña —que es el mundo entero— produzca frutos de amor, libertad y vida. No se trata de excluir, ni de marcar jerarquías, ni de imponer miedo. La verdadera justicia restaura, libera y transforma, y su fuerza radica en el amor incondicional que Dios ofrece a cada ser humano.

Finalmente, todo converge en una verdad central que atraviesa la parábola, la vida de Jesús y la teología contemporánea: Dios es amor. Un amor que no se contradice, que no se retira, que no condiciona su entrega. Dios es amor, y ese amor es más profundo que nuestro miedo, más fuerte que nuestras culpas y más grande que cualquier interpretación limitada de la Escritura. Dios es amor, y por eso jamás puede condenar eternamente a quien ha sido creado para la vida. Dios es amor, y su amor —fértil, paciente, creador, universal— es para todos, sin excepción, sin muros, sin carteles que equilibren la bondad con amenazas, sin exclusiones disfrazadas de justicia.

Dios nos llama a vivir desde el amor, a comprender su justicia como restauración y vida, y a acoger a todos en su viña. Su justicia no oprime; su amor libera. Su justicia no excluye; su amor transforma. Su justicia no mata; su amor salva. Cada parábola, cada gesto de Jesús, apunta a un horizonte donde todos somos hijos e hijas de ese amor inagotable y universal.

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