Renovar la Confianza Perdida: Victoria Camps ante la Crisis Moral Contemporánea a la Luz del Evangelio

Renovar la Confianza Perdida: Victoria Camps ante la Crisis Moral Contemporánea a la Luz del Evangelio

En un tiempo marcado por la incertidumbre, la polarización y la sensación de que los lazos sociales se debilitan, las reflexiones de Victoria Camps adquieren una relevancia innegable. Su análisis sobre la sociedad de la desconfianza, su crítica a la libertad entendida de modo atomizado y su denuncia del vacío moral generado por la secularización ofrecen un diagnóstico lúcido que interpela directamente al presente. Pero a la vez, si se leen a la luz del Evangelio, sus ideas revelan un horizonte todavía más profundo: el desafío urgente de reconstruir la convivencia desde una ética de la solidaridad, la acogida y la responsabilidad mutua.

Camps observa que vivimos en una cultura en la que la libertad se ha pervertido por exceso, reducida a una autonomía absoluta en la que cada individuo se comporta como un nómada moral que atiende únicamente a sus intereses. Esta libertad negativa, desvinculada de deberes, ideales y compromisos, ha erosionado la cohesión social y ha debilitado el sentido de pertenencia a un proyecto común. Como señala la filósofa, no nos preguntamos para qué queremos ser libres, y justamente ahí empieza la fractura.

La visión cristiana de la libertad coincide en este punto: no basta con ser libres de algo; es necesario ser libres para amar, servir y construir. En palabras de san Pablo, “vosotros habéis sido llamados a la libertad; pero que esa libertad no sea pretexto para la carne; al contrario, servíos por amor los unos a los otros”. Esta perspectiva ilumina la crítica de Camps: la libertad sin orientación ética se convierte en aislamiento, y el aislamiento conduce a la desconfianza.

Otro eje central del pensamiento de Camps es el señalamiento de que el Estado y las instituciones han fallado en garantizar derechos fundamentales, como la vivienda o la igualdad de oportunidades. Este incumplimiento mina la confianza colectiva. No obstante, la filósofa también subraya que la sociedad civil muestra poca voluntad para afrontar los desafíos comunes, atrapada en una cultura del individualismo y de la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.

Aquí resuena con fuerza la advertencia evangélica: “Lo que hacéis al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hacéis”. El Evangelio insiste una y otra vez en que la justicia no es solo un principio jurídico, sino un modo concreto de mirar al otro como hermano. Cuando Camps denuncia la falta de una cultura de la bienvenida, especialmente hacia los refugiados y migrantes, señala un déficit ético profundo: el cierre del corazón frente al vulnerable.

“No rechacéis al extranjero”, recuerda la tradición bíblica. En esta misma línea, Camps advierte que negar la acogida a quien es distinto va contra la dignidad humana fundamental. Y aquí vuelve a encontrarse con la tradición cristiana, que coloca la hospitalidad entre las virtudes esenciales: acoger es abrir la puerta a Dios mismo.

De gran peso ético es también la reflexión que hace Camps sobre la crisis de la educación moral. En su opinión, la sociedad ha confundido la formación ética con la transmisión teórica de valores. La moral no se aprende memorizando contenidos, afirma, sino a través del ejemplo, la imitación y la práctica concreta. Esta afirmación, profundamente aristotélica, coincide con la pedagogía del Evangelio, que enseña no con definiciones, sino con gestos: Jesús lava los pies, abraza al enfermo, perdona al culpable y se acerca al excluido. La ética cristiana es, ante todo, una ética del testimonio.

Camps señala también un fenómeno que recorre toda la modernidad: el vacío dejado por la secularización. La religión cumplía una función de cohesión, dando un sentido moral compartido que vinculaba a la comunidad. Sin esa referencia, afirma la filósofa, la sociedad laica no ha encontrado un modo efectivo de generar sensibilidad moral. No se trata de reclamar modelos del pasado, sino de reconocer que toda sociedad necesita trascendencia, vínculos y un bien común que la sostenga.

El Evangelio, lejos de ser un código rígido, ofrece precisamente esa fuente de sentido: una fraternidad radical, una compasión activa y una responsabilidad concreta por el otro. Sin un fundamento así, toda convivencia se vuelve frágil.

Finalmente, Camps habla del demos incompleto en nuestras democracias: estructuras políticas que funcionan, pero que no han logrado formar ciudadanos comprometidos con los retos comunes. Democracia sin virtud y sin fraternidad es un edificio sin cimientos.

El Evangelio recuerda que la comunidad no se construye solo con leyes, sino con corazones capaces de ponerse en el lugar del otro. El amor social es la única fuerza capaz de revitalizar una sociedad herida.

En este horizonte se hace necesario añadir una última reflexión que completa el análisis. Si la desconfianza es un síntoma del debilitamiento moral, entonces el desafío no se agota en denunciar fallos, sino en abrir caminos de reconstrucción real. La renovación no empieza en las estructuras, sino en la transformación del corazón humano y de la comunidad concreta.

Esta mirada recuerda que ninguna reforma será fecunda sin personas capaces de reconciliarse, de sustituir la lógica del miedo por la del cuidado. La desconfianza se vence construyendo vínculos estables y responsables, no aislándose. Una sociedad madura es aquella en la que la libertad se entiende como servicio y la dignidad del otro como responsabilidad personal.

Asimismo, esta perspectiva insiste en que la fe —para quienes la viven— no puede reducirse a lo íntimo, sino que impulsa a una moral encarnada en gestos concretos: la justicia que restaura, la hospitalidad que abre puertas, el perdón que reconstruye, la preocupación por quienes quedan a la orilla del camino. Y desde la ética laica se afirma lo mismo con otras palabras: sin virtud cívica no hay democracia; sin responsabilidad mutua no hay bien común; sin fraternidad real no hay futuro compartido.

Ambas visiones convergen en un mismo diagnóstico y en una misma esperanza: la confianza social renacerá cuando aprendamos a mirarnos como una comunidad de destino. Cuando entendamos que la vida buena no se alcanza en soledad, sino con los demás y para los demás. Y que la reconstrucción moral empieza hoy, en lo pequeño, en cada gesto real de acogida, justicia y compromiso.

Ese es, en el fondo, el camino que complementa y refuerza las intuiciones de Camps: una ética que no solo describe lo que falta, sino que enciende la luz que puede volver a unirnos.

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