Tradición sin Renovación: La Espalda del Clero ante las Mujeres

Tradición sin Renovación: La Espalda del Clero ante las Mujeres

La reciente decisión de reafirmar la exclusión de las mujeres del diaconado y el presbiterado no sorprende a nadie, aunque duela como siempre. Lo que se presenta como fidelidad a la tradición eclesial no es más que la perpetuación de un sistema de poder anacrónico, disfrazado de doctrina. La paradoja es evidente: mientras se defienden con entusiasmo las formas más arcaicas de la liturgia —como el regreso de la misa tridentina y sus espaldas solemnes—, se niega toda posibilidad de abrir paso a la auténtica renovación evangélica: el reconocimiento de la igualdad radical de las mujeres.

Se intenta justificar esta exclusión en argumentos repetidos hasta el cansancio: que Jesús eligió a doce varones como apóstoles, que la tradición siempre lo ha hecho así, que el sacramento exige “representar a Cristo varón”. Pero todo esto suena cada vez más hueco. La historia nos enseña que la tradición no es una pieza de museo, sino memoria viva que se transforma con el tiempo. Mantener un literalismo cultural del siglo I como si fuera mandato divino eterno es confundir la fidelidad con la inmovilidad. Y todos sabemos que lo inmóvil acaba por convertirse en estatua, no en vida.

Es difícil no ver aquí el contraste hiriente: hay energía suficiente para autorizar ornamentos de seda, sotanas, latines, incensarios y misales polvorientos, pero se apagan las fuerzas cuando se trata de abrir espacio a las mujeres que sostienen las parroquias cotidianamente. Ellas organizan, embellecen, enseñan, acompañan; pero cuando se trata de predicar o consagrar, se las confina a la sombra. El mensaje implícito es claro: “Sirve, pero no lideres. Ayuda, pero no prediques. Ora, pero no presidas”. Y eso no es espiritualidad, es exclusión.

Lo más irónico es que se presenta esta negativa como una defensa de la fidelidad a Cristo. Sin embargo, el Jesús de los evangelios rompió barreras: dialogó con la samaritana, defendió a la mujer adúltera, sostuvo a María Magdalena como discípula. El mismo Jesús que incluyó en su tiempo, la Iglesia institucional hoy lo utiliza como excusa para excluir. Paradójico hasta la caricatura.

Hoy, muchas mujeres se niegan a aceptar un papel de sumisión disfrazado de virtud. No quieren fundar otra Iglesia ni cambiar de confesión: quieren vivir plenamente su vocación en la Iglesia a la que pertenecen por derecho bautismal. No piden privilegios, piden justicia. No exigen coronas, exigen dignidad. Y eso no debería ser una amenaza para nadie, sino una bendición para todos.

La gran incoherencia es esta: se cuidan liturgias que dan la espalda al pueblo, pero se cierran los ojos al clamor de la mitad de la humanidad. Se celebra mirando hacia oriente, mientras se ignora lo que sucede frente al altar: comunidades vacías, jóvenes que se alejan, mujeres que sienten que la institución nunca les reconocerá su lugar. Es la fidelidad a un oriente vacío, un gesto bello pero hueco.

La Iglesia no puede seguir creyendo que su futuro está en restaurar casullas antiguas mientras niega rostros y voces actuales. Porque lo que sostendrá su credibilidad no son las espaldas solemnes ni las rúbricas impecables, sino el coraje de mirar cara a cara a la verdad evangélica: que en Cristo no hay varón ni mujer, sino una misma dignidad llamada al servicio.

Seguir defendiendo la pompa del pasado sin abrir las puertas del presente es condenarse a la irrelevancia. La verdadera tradición es la que, como el Evangelio, se hace nueva cada día. Y sin mujeres, esa novedad seguirá siendo una promesa incumplida.