Querido Monseñor Jesús Sanz Montes, quiero expresarle mi gratitud sincera por su artículo “Tambores de guerra”, que ha despertado en muchos de nosotros una profunda reflexión sobre la necesidad urgente de la paz. Pocas cosas dejan tan marcadas a las personas como las guerras y los conflictos armados, y usted ha sabido recordarlo con la claridad profética que tanto se necesita hoy. Soldados y civiles de todo el mundo han sufrido y sufren en carne propia las trágicas consecuencias de las guerras. Hace poco leí un testimonio estremecedor: “Tengo heridas de bala en la espalda y en la cara, y vi cómo mataban a muchos, incluidos niños y ancianos. La guerra endurece los corazones”. Otro testimonio, de un militar que estuvo en el frente, añadía: “Cuando le disparan a alguien enfrente de ti, esa imagen no te la puedes quitar de la cabeza. Sus gritos, sus lamentos, su dolor, jamás lo olvidarás”. Estos relatos nos muestran que la guerra no se queda en los campos de batalla: se instala en la memoria, en el alma, en las pesadillas de quienes la vivieron, dejando huellas que jamás se borran.

Las guerras traen consigo hambre, enfermedades, miseria y destrucción. Más de 114 millones de personas en todo el mundo han sido obligadas a abandonar sus hogares, convertidas en emigrantes y desplazados forzosos. Cada una de esas cifras encierra un rostro, una familia, un drama humano. Son padres que buscan un lugar seguro para sus hijos, madres que cargan a los más pequeños con lo poco que pudieron rescatar, ancianos que lloran por dejar atrás la tierra en la que nacieron. Y el mundo, que a menudo les da la espalda, olvida que el mayor éxodo de nuestra época está motivado por la violencia, por los conflictos armados y por la injusticia. Monseñor, usted lo sabe bien: detrás de cada migrante que llega exhausto a nuestras fronteras hay una historia de sufrimiento causada por las guerras que nunca debieron haber existido.

Cuando los gobiernos deciden invertir miles de millones en operaciones militares, se reduce inevitablemente el gasto en educación, en sanidad y en bienestar social, generando más desigualdad y condenando a millones a vivir en la pobreza. Además, el costo de la reconstrucción tras una guerra es inmenso y compromete el futuro de generaciones enteras. Y mientras tanto, en lugares como Ferrol, se celebran los contratos de construcción de fragatas y armas con la alegría de quien encuentra empleo, pero esas naves son máquinas diseñadas para destruir y matar, no para dar vida. Aquí surge la gran pregunta: ¿no existen otras formas dignas y sostenibles de generar trabajo? ¿Es necesario que la economía dependa de la industria de la guerra? Además de los efectos sociales, la producción bélica contamina el agua, la tierra y el aire, dejando una huella que afecta a la salud de los pueblos durante décadas.
Cuando un conflicto termina oficialmente, la paz no llega de inmediato. Quedan los campos minados que siguen matando inocentes durante años, y quedan también los desplazados que no pueden regresar a sus hogares porque estos han sido destruidos o porque la amenaza de nuevos enfrentamientos persiste. Muchos de ellos permanecen en campos de refugiados donde falta el alimento, el agua y la atención médica. Otros emprenden viajes peligrosos cruzando mares y desiertos con la esperanza de encontrar un lugar donde rehacer su vida. La emigración forzada es una de las heridas más profundas que deja la guerra, y una herida que clama al cielo.
La Palabra de Dios nos ayuda a comprender. En Lucas 21:9 leemos: “Cuando oigáis de guerras y disturbios, no os aterroricéis”. La palabra traducida como disturbios significa también revueltas, desórdenes, oposiciones a las autoridades, fenómenos que hoy vemos a diario en muchos medios de comunicación. Mateo 24:3 confirma que las guerras forman parte de la señal del fin de este sistema. El origen de tantas contiendas está en la ambición humana: unos buscan cambios políticos, otros quieren el control de las tierras y de los recursos, otros se amparan en diferencias étnicas o religiosas para justificar la violencia. Pero Jesús nos recuerda que el mal no comienza fuera, sino dentro del corazón humano, como nos dice Mateo 15:19.
Podemos esperar un mundo distinto, un mundo de paz, y debemos trabajar por él. Mejorar la calidad de vida de las personas, reducir las desigualdades, ofrecer justicia y oportunidades reales son caminos necesarios para construir la paz. El Salmo 34:14 nos exhorta con fuerza: “Apártate del mal y haz el bien, busca la paz y síguela”. Sin embargo, los países se resisten a desarmarse porque temen perder poder o quedar vulnerables. Destruir las armas no resuelve automáticamente las causas de los conflictos, pero al menos evitaría que el odio se multiplique. Isaías 2:4 nos anima a soñar con el día en que los pueblos conviertan sus espadas en arados, y dejen de adiestrarse para la guerra. Esa visión solo será posible cuando los corazones se transformen y la violencia deje de anidar en el interior del ser humano.
Por todo esto, Monseñor, le agradezco sus palabras y lo animo a seguir proclamando con valentía lo que muchos callan: la guerra no es nunca la solución, la paz es siempre el camino. Su voz es necesaria para denunciar la injusticia, pero también para acompañar a quienes sufren, entre ellos los emigrantes desplazados que llaman a nuestras puertas buscando un refugio. Usted puede ser instrumento de reconciliación y de fraternidad, sembrador de esperanza y constructor de puentes.
Le ruego que medite también estas reflexiones que hoy comparto con usted, no como enseñanzas, sino como palabras de un hermano que busca junto a usted la verdad del Evangelio. Todos debemos pedir a Dios que nos haga instrumentos de paz, como rezaba San Francisco de Asís, porque solo así podremos ofrecer a las futuras generaciones un mundo donde los tambores no sean de guerra, sino de fraternidad y alegría.
Que el Señor lo bendiga, Monseñor Jesús, y que su voz siga siendo faro de luz en medio de un mundo herido que clama por paz.
José Carlos Enríquez Díaz