“Tambores de guerra”. Así tituló usted, Monseñor, su reciente artículo que tanto bien ha hecho a quienes lo han leído. Y no podía ser más acertado: en tiempos convulsos, cuando los tambores de guerra parecen resonar con más fuerza que los cantos de fraternidad, se hace imprescindible que existan voces que se eleven con coraje para recordarnos lo esencial: que la paz es siempre más fecunda que cualquier victoria militar, que el amor vence siempre al odio, y que la justicia abre más caminos que la venganza.
La lectura de su escrito ha sido para muchos un bálsamo en medio de la confusión. En esas líneas se advierte la sensibilidad de un pastor que no quiere permanecer indiferente ante el sufrimiento de los pueblos, de los inocentes, de los más vulnerables. Se percibe la hondura de alguien que sabe escuchar el clamor de la historia y el susurro del Evangelio. Y por eso, hoy queremos elevar una alabanza sincera y, al mismo tiempo, una súplica fraterna: que continúe por este camino luminoso de denuncia de la guerra y de anuncio de la paz, que es el camino de los profetas, el camino de Cristo.
La humanidad carga con las cicatrices de siglos de violencia. Pero lo que más duele es ver cómo esas heridas se reabren una y otra vez en escenarios distintos, bajo banderas diferentes, con ideologías cambiantes. El sufrimiento, sin embargo, siempre es el mismo: niños que lloran, madres que sepultan a sus hijos, pueblos enteros condenados al hambre y al exilio. Ante esa realidad, sus palabras resuenan con fuerza profética. Usted nos recuerda que detrás de cada conflicto no sólo hay geopolítica, sino también intereses mezquinos, cortinas de humo y un mercado de muerte que se nutre del dolor humano.

Por eso resulta tan esperanzador que un obispo se atreva a levantar la voz sin miedo, denunciando la lógica perversa que mueve tantas contiendas. Porque no basta con rezar por la paz; también es necesario señalar las estructuras que alimentan la guerra, los poderes que comercian con la sangre de los inocentes, las ideologías que justifican la barbarie. Y en ese punto, su palabra adquiere el peso de la profecía, tan necesaria en la Iglesia y en el mundo.
Al mismo tiempo, su artículo nos abre a un horizonte distinto: el de la fraternidad. Citando a San Francisco de Asís, nos recuerda que la verdadera misión del cristiano es ser instrumento de paz, sembrador de amor donde hay odio, portador de perdón donde hay ofensa. Y evocando a Antoine de Saint-Exupéry, nos muestra que la fraternidad es esa “casa común” en la que los seres humanos comparten calor, palabras y esperanzas sin renunciar a sus convicciones.
Querido Monseñor, permítanos agradecerle con humildad y con entusiasmo este testimonio. En un mundo donde tantos líderes políticos y sociales promueven la división, su palabra en favor de la unión es un soplo de aire fresco. En un tiempo donde se aplaude el ruido del enfrentamiento, su invitación al diálogo y a la concordia nos devuelve la confianza en que otro mundo es posible. Y en una Iglesia que a veces se ve atrapada en polémicas estériles, su insistencia en mirar hacia las víctimas, hacia los pobres, hacia los inocentes, nos recuerda el corazón mismo del Evangelio.
Es verdad que no siempre coincidimos con usted en todo. Como toda voz pública, suscita adhesiones y críticas. Pero lo más importante no es la unanimidad, sino la autenticidad de quien busca con sinceridad el bien común y la fidelidad a Dios. Por eso, más allá de diferencias puntuales, hoy queremos animarle con fuerza a que siga avanzando por esta senda que se abre ante usted: la senda de la paz, la senda de la justicia, la senda de la fraternidad.
Le pedimos a Dios que lo siga fortaleciendo en esta misión. Que lo convierta en un auténtico instrumento de unidad, un puente entre hermanos, un sembrador de reconciliación. Que su voz no sea nunca usada para dividir, sino siempre para edificar. Que su palabra no sirva para enfrentar, sino para abrazar. Que su predicación no sea un eco de ideologías pasajeras, sino la expresión viva de la Buena Noticia de Cristo, Príncipe de la Paz.
El mundo necesita pastores que consuelen, que acompañen, que señalen la verdad sin miedo, pero siempre con caridad. Y usted tiene ese don de cercanía que tantas personas han experimentado en el trato directo, esa capacidad de escuchar, de dialogar, de hacer sentir al otro como hermano. Ese es un tesoro que debe seguir cultivando y compartiendo, porque ahí está la clave para que su ministerio sea fecundo: en la humanidad que se abre al otro, en la humildad que reconoce la fragilidad común, en la valentía que sabe unir sin excluir.
Hoy, más que nunca, le decimos: siga siendo voz de los que no tienen voz, siga denunciando las guerras injustas, siga defendiendo la vida de los inocentes, siga proclamando la paz de Cristo. Y cuando las tentaciones de la división, de la ideologización o del partidismo llamen a su puerta, recuerde que su verdadera misión no es levantar banderas humanas, sino mostrar la bandera del Evangelio, que es siempre bandera de amor, de justicia y de paz.
Que el Señor lo bendiga, lo ilumine y lo sostenga en este camino. Y que nosotros, sus hermanos, sepamos también acoger, valorar y agradecer su esfuerzo por construir un mundo más justo y más fraterno. Porque en la medida en que lo haga, estará siendo fiel a su vocación más profunda: la de ser instrumento de Dios para el bien de todos.
José Carlos Enríquez Díaz