Francisco, ¿por qué no santo súbito?

Francisco, ¿por qué no santo súbito?

Han pasado apenas cinco meses desde la muerte del papa Francisco y el mundo entero sigue reconociendo la huella luminosa de su pontificado. En la Plaza de San Pedro, el pasado 13 de septiembre, drones dibujaron su rostro en el cielo durante el concierto Grace for the World, y miles de personas lo aclamaron con lágrimas y aplausos. Se extraña su sonrisa, su voz firme, su ternura y su denuncia valiente contra los males que nos consumen: violencia, exclusión, egoísmo, clericalismo y destrucción de la casa común. Fue un papa cercano, profundamente humano, un hermano y un padre que encarnó el Evangelio en gestos concretos y no en ceremoniales vacíos. Y, sin embargo, hoy su nombre todavía no es pronunciado con el título de “santo súbito”. ¿Por qué?

Francisco, como el poverello de Asís, se despojó de vanidades, ornamentos y privilegios. Desde su primera aparición en el balcón de las bendiciones, sin manteleta ni mocasines rojos, hasta su última bendición urbi et orbi en la Pascua del Año Santo 2025, mostró que la santidad no reside en el boato, sino en la cercanía al pueblo. Vivió en Santa Marta como un vecino más, compartiendo la mesa con trabajadores. Se arrodilló para besar los pies de líderes africanos en búsqueda de paz. Entregó un palacio a los pobres sin techo en lugar de reservarlo a jerarcas. Llamaba a diario al párroco de Gaza y enviaba emisarios a Ucrania para llevar ayuda. Defendió a inmigrantes, presos, enfermos, ancianos y jóvenes. Reconoció la dignidad de la mujer en la Curia y dio valor real al laicado. Acogió a personas de diversa orientación sexual, rompiendo prejuicios enquistados en siglos de exclusión.

Y también tendió la mano a teólogos y pastores que habían sido censurados y marginados por la propia Iglesia, reconociendo públicamente su valor y el daño injusto que se les había infligido. Basta recordar el caso de José María Castillo, teólogo español apartado de la docencia oficial por la Congregación para la Doctrina de la Fe bajo el cardenal Ratzinger, en plena sintonía con la política restrictiva de Juan Pablo II. Francisco lo llamó personalmente, le dijo que siguiera escribiendo, que sus artículos eran muy importantes y hacían mucho bien. Ese gesto, sencillo y fraternal, fue una muestra clara de que la misericordia también puede aplicarse a quienes piensan y sueñan la fe desde horizontes distintos. Y de la misma forma que lo hizo con Castillo, bien podría el papa actual tener un gesto semejante con Xabier Pikaza, otro gran teólogo español cuya voz crítica y lúcida fue igualmente acallada en tiempos de censura.

El contraste se vuelve aún más nítido si recordamos lo que ocurrió con Jacques Gaillot, obispo francés de Évreux. Por defender a inmigrantes, sin techo, enfermos de sida, y por abrir debates sobre temas como el celibato, la contracepción o la homosexualidad, fue destituido en 1995 por orden de Juan Pablo II y confinado a una diócesis ficticia en el desierto de Argelia: Partenia. Fue una condena simbólica y humillante, un castigo contra un pastor que eligió ponerse del lado de los marginados. Ese fue el estilo de una Iglesia que callaba a sus profetas. Francisco, en cambio, eligió abrazarlos.

Ahora bien, contrasta este testimonio con el del papa Juan Pablo II, canonizado en tiempo récord. ¿Por qué la prisa? ¿Por qué el fervor de un “santo súbito” que ignoró las heridas abiertas por su propio pontificado? Es imposible silenciar hechos que han quedado grabados en la memoria de la Iglesia y del mundo: el encubrimiento de los abusos de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, cuyas víctimas fueron silenciadas durante décadas; su represión hacia teólogos y pastores latinoamericanos que, en plena efervescencia de la Teología de la Liberación, se pusieron del lado del pueblo hambriento y oprimido. A Ernesto Cardenal lo humilló públicamente en Nicaragua, arrodillado ante él, señalándolo como desobediente, mientras el pueblo clamaba: “¡tenemos hambre!”. La respuesta de Juan Pablo II fue “¡callaros la boca!”. A esto se suma su alianza con regímenes conservadores y su cerrazón frente a debates internos de la Iglesia que pedían mayor apertura y justicia. Nada de eso impidió que fuese elevado a los altares de manera exprés. La maquinaria eclesiástica se movió con rapidez y complacencia, ignorando las sombras y amplificando solo la narrativa de su papel en la caída del comunismo.

Aquí emerge la contradicción más hiriente. Francisco, quien devolvió el Evangelio al corazón del pueblo, hoy es cuestionado por sectores que lo tildan de populista, hereje o ingenuo. Los mismos que veneran a Juan Pablo II como santo súbito son los que miran con recelo el legado de un papa que prefirió el abrazo al dogma frío, el gesto concreto a la retórica vacía. La hipocresía es evidente: para un papa que encubrió abusos y calló a los pobres, canonización inmediata; para un papa que desenmascaró abusos, abrazó a los pobres y dio voz a los excluidos, silencio y resistencia. ¿Qué es lo que molesta de Francisco? ¿Que no usara mocasines rojos? ¿Que entregara palacios a indigentes? ¿Que hablara de la contaminación y de la “casa común” cuando muchos preferían callar para no incomodar intereses económicos? ¿Que pusiera a mujeres y laicos en lugares de decisión? ¿Que no temiera recibir a personas LGBT+ con respeto y afecto? ¿O quizá que reconociera a los teólogos censurados y a pastores castigados como Gaillot, devolviéndoles dignidad frente a la humillación? La verdad es incómoda: Francisco trastocó un sistema eclesiástico demasiado cómodo en su poder y en sus privilegios. Y la santidad, en ese esquema, no depende de la coherencia evangélica, sino de la conveniencia institucional.

El pueblo, sin embargo, ya lo ha reconocido. Las multitudes que lloraron su muerte, que recorrieron kilómetros para venerar su cuerpo, que aplaudieron su féretro en silencio reverente, saben que Francisco ya es santo en la conciencia de los sencillos. Negarle el título de santo súbito es negar lo evidente: que vivió y murió como un hombre de Dios, cercano, transparente, pobre, valiente. Que su pontificado fue un testimonio vivo del Evangelio de Jesús, sin adornos, sin máscaras, sin privilegios. La Iglesia debe preguntarse qué entiende por santidad. Si canonizar rápido a un papa que encubrió abusos, calló a los hambrientos y castigó a los profetas incómodos. O reconocer, sin miedo ni dilación, a un papa que se despojó de todo para estar con el pueblo, que abrazó a los olvidados, que denunció las injusticias y que, con gestos sencillos, mostró a un Cristo vivo y cercano.

Francisco no necesita títulos para brillar. Pero la pregunta resuena con fuerza en el corazón de los creyentes y de los que no creen: si Juan Pablo II fue santo súbito, ¿qué injusticia mantiene hoy a Francisco en el silencio? No se trata de política vaticana. Se trata de la verdad. Y la verdad es que, si hay un papa que encarnó el Evangelio en nuestro tiempo, ese fue Francisco. Santo súbito, por derecho, por testimonio y por amor al pueblo de Dios.