¿Fragatas o pan? Ferrol ante el espejo de la guerra y la vida

¿Fragatas o pan? Ferrol ante el espejo de la guerra y la vida

Ferrol se prepara hoy para un acto solemne: la botadura de una nueva fragata, con la presencia de Pedro Sánchez, Margarita Robles y la reina emérita Sofía como madrina. Mientras tanto, el BNG anuncia su protesta contra la monarquía. La escena es simbólica: en un astillero que antaño levantaba los superpetroleros más grandes del mundo, hoy se celebra la construcción de un arma de guerra. Pero ahí se queda: crítica a los símbolos, silencio ante lo esencial. Porque lo verdaderamente decisivo no es quién rompe la botella de champán, sino qué modelo económico condena a Ferrol a vivir de fabricar armas de guerra. Y en esa pregunta, el BNG –como tantos otros partidos– parece tener los ojos cerrados. Fabricar armas en Ferrol no garantiza seguridad; la convierte en objetivo estratégico en cualquier conflicto. Además, fomenta la dependencia de la industria militar y perpetúa ciclos de violencia global. La verdadera seguridad surge de infraestructura social, educación, salud y resiliencia económica, no de incrementar el armamento que nos expone a riesgos directos.

La pregunta resuena: ¿es este el futuro que queremos para Ferrol?

De los superpetroleros a las fragatas

Los antiguos astilleros de Astano fueron un referente mundial en ingeniería naval civil. Aquellos barcos –el Butrón, el Arteaga y tantos otros– eran gigantes diseñados para transportar energía y sostener la economía global. Hoy, la especialización ha virado hacia la construcción militar. El argumento oficial es claro: el empleo depende de ello. Pero la dependencia de la guerra es una trampa, una precariedad camuflada de seguridad laboral.

Ferrol tiene capacidad para mucho más. Energías renovables, construcción civil de gran tonelaje, e incluso sectores tecnológicos vinculados al mar podrían ser alternativas reales. Si ayer se pudo diversificar hacia los superpetroleros, ¿por qué no hacia proyectos que den vida y no muerte?

Pan y cultura frente a cañones

La paradoja es brutal: mientras se aumenta la producción armamentística, las listas de espera en la sanidad se alargan, la educación sufre carencias y la cultura se arrincona. Se repite la vieja tentación de los imperios: gastar en armas lo que se le roba a la vida cotidiana de los pueblos.

El arzobispo emérito de Tánger, Santiago Agrelo, lo expresó con crudeza: “si matar da de comer, matemonos unos a otros y comamos… ”. Una ironía amarga que denuncia la lógica del poder: cuando se normaliza la violencia como fuente de riqueza, se degrada la dignidad humana y se justifica lo injustificable. Esa es la verdadera indecencia: invertir en fragatas en lugar de invertir en vida.

Las armas “inteligentes” y la mentira de la guerra limpia

Hace unos años, Josep Borrell justificaba la venta de misiles a Arabia Saudí afirmando que eran “inteligentes”, que sólo destruirían objetivos previstos. Hoy sabemos lo que significa ese eufemismo: hospitales arrasados, escuelas destrozadas, niños asesinados. No hay guerra limpia, ni misil quirúrgico. La sangre inocente desmiente cada palabra de esos discursos.

Cuando Ferrol celebra una nueva fragata, ¿puede ignorar que estas máquinas acaban formando parte de esa cadena de muerte?

¿Y la voz de la Iglesia?

Aquí emerge una cuestión incómoda: ¿dónde está la voz crítica de la Iglesia española? Hubo obispos y teólogos que no callaron:

  • José María Castillo denunció siempre la traición de la Iglesia cuando se pone al servicio del poder en lugar de los pobres.
  • Xavier Pikaza insiste en que el Evangelio es paz, nunca legitimación de la violencia.
  • González Faus recuerda que la fe cristiana no se mide por rituales, sino por el compromiso con la vida.
  • Jacques Gaillot, obispo francés destituido por Roma, fue un faro incómodo de denuncia contra el militarismo y la exclusión.

Frente a ellos, obispos como Jesús Sanz, de Oviedo, coquetean con la ultraderecha, amparando discursos que legitiman más confrontación que reconciliación.

El Evangelio no deja dudas: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. ¿Qué parte de estas palabras no entiende una Iglesia que bendice fragatas pero no levanta la voz por los desahuciados?

Ferrol sin armas: la utopía posible

El gran reto es imaginar un Ferrol sin dependencia militar. No es ingenuidad, es necesidad. La reconversión hacia energías limpias, hacia proyectos civiles de gran escala naval, hacia industrias que generen empleo sin sangre, es posible. Europa está reclamando un futuro verde y sostenible: ¿por qué no situar a Ferrol como vanguardia en esa transformación?

Y lo más importante: Ferrol no es solo mar y barcos. Tiene un potencial que trasciende la fragata. Sus playas salvajes y el surf internacional en Pantín, su patrimonio ilustrado y militar del siglo XVIII, el Camiño Inglés hacia Santiago o su gastronomía atlántica son motores de turismo y cultura aún por explotar. Bilbao transformó su decadencia industrial en arte y cultura global con el Guggenheim. Ferrol podría ser el Bilbao atlántico, con autenticidad y memoria obrera.

Además, el campus universitario de Ferrol puede convertirse en un polo de innovación azul y verde: investigación en energías renovables marinas, robótica subacuática, hidrógeno verde. El viento y las olas del Atlántico son un laboratorio natural para la eólica offshore y la energía de las mareas, sectores de futuro en Europa.

Y no olvidemos la economía social: el ejemplo de Mondragón en Euskadi muestra que la cooperación y la innovación colectiva generan riqueza. Ferrol, con su tradición obrera, puede impulsar cooperativas en torno al mar, la energía y el turismo sostenible.

Incluso su memoria de luchas obreras, de represión franquista y de resistencia sindical puede ser un motor de identidad. Igual que Guernica se convirtió en símbolo de paz, Ferrol podría proyectarse como ciudad de reconciliación y de memoria, un lugar que pasó de hacer armas a construir vida.

Ferrol también puede apostar por:

  • Turismo sanitario y de bienestar aprovechando su clima y hospital universitario.
  • Laboratorio de ciudad verde, con barrios rehabilitados, eficiencia energética y vivienda cooperativa.
  • Industria creativa y audiovisual, aprovechando edificios históricos para coworking, startups y rodajes.
  • Memoria industrial y social, museos y experiencias sobre la historia obrera y naval.
  • Turismo deportivo y de aventura, surf, senderismo, bicicleta y eventos internacionales.
  • Gastronomía local, promoviendo la pesca artesanal y el marisco como marca Ferrolterra.

Ciudades como Orkney, Essen, Freiberg, Nazaré o Málaga muestran que es posible reinventarse con creatividad, sostenibilidad y cultura como motores económicos. Ferrol tiene los recursos naturales, el talento humano y la historia para seguir ese camino, pero necesita valentía política y visión colectiva.

Una interpelación urgente

La presencia de altos cargos políticos y de la realeza en la botadura de hoy busca proyectar normalidad y orgullo. Pero detrás de la ceremonia se esconde una verdad incómoda: cada fragata es un arma lista para la guerra.

Ferrol merece otra botadura: la de su propio futuro, el de un pueblo que no se conforme con ser engranaje de la muerte. La pregunta no es sólo política o económica, es profundamente ética: ¿queremos construir armas para matarnos, o queremos construir futuro para vivir?

Ferrol tiene todas las cartas para elegir vida. Ahora depende de su gente jugar con valentía y creatividad.