“Las aceras de Valón: un problema olvidado por la Diputación”

“Las aceras de Valón: un problema olvidado por la Diputación”

En la imponente silueta de una sombra alargada sobre la acera, se adivina mucho más que un simple paso peatonal: hay un símbolo de la dejadez institucional. Esta senda en Valón, con grietas, hierbas que brotan y un pavimento irregular, exhibe la crónica de una administración más preocupada por su narrativa política que por el bienestar ciudadano.

Lo primero que llama la atención es la negligencia en el mantenimiento básico: las losetas están levantadas y deterioradas, la limpieza es inexistente y la convivencia entre asfalto y hierba parece un desafío abierto a la seguridad del viandante. Tal suciedad urbana no solo es un problema estético sino de accesibilidad y bienestar. Y aquí radica la contradicción flagrante: mientras los políticos se prodigan en campaña y golpes de prensa, los servicios más básicos, como garantizar una acera en condiciones dignas, quedan en el olvido.

Resulta sorprendente que la gestión de estas aceras corresponda a la Diputación y no al Ayuntamiento, como muchos vecinos piensan. Esa confusión favorece que algunos responsables se escuden en la maraña administrativa para eludir compromisos. Pero lo cierto es que hay personas concretas, que han pasado de cargos municipales a ocupar puestos de asesoría en la Diputación, con responsabilidad directa en estas cuestiones. Si hoy disfrutan de la confianza de un cargo público y perciben un sueldo como asesores, lo mínimo exigible es que la ciudadanía perciba resultados en su día a día.

El debate no está en los discursos que se lanzan desde los plenos o las ruedas de prensa, sino en lo que se ve en la calle: una acera rota y descuidada que simboliza la incoherencia de una política de escaparate. Quienes critican continuamente la labor de la oposición y hacen bandera de la denuncia constante, no pueden obviar que en su propio terreno de gestión se acumulan los fallos. Criticar al rival político puede dar titulares, pero cuando tu propia gestión es deficiente, esa crítica pierde fuerza y se convierte en un boomerang que te alcanza de vuelta.

Hay que señalar también que el fenómeno de las trayectorias políticas es cada vez más evidente: personas que comienzan en colectivos sociales o en el tejido vecinal terminan dando el salto a la política institucional. No habría nada malo en ello si se mantuviera intacta la vocación de servicio público. Sin embargo, cuando se utiliza ese recorrido únicamente como trampolín personal, se rompe el vínculo con los vecinos y se cae en la política de conveniencia. La vocación de servir se transforma en el interés de servirse de los demás.

El problema de fondo no es solo una acera rota. Es el reflejo de cómo se entiende el poder: como una herramienta para ocupar cargos y gestionar titulares, en lugar de como una responsabilidad al servicio de la comunidad. Y esa desconexión entre discurso y realidad es la que genera desafección ciudadana.

En campaña electoral, la crítica suele convertirse en la norma. Se ataca a la oposición, se exageran defectos y se lanzan mensajes diseñados para captar titulares fáciles. Pero, ¿qué ocurre cuando pasa la campaña y llegan los momentos de gestionar lo cotidiano? Ocurre lo que vemos en Valón: la distancia entre lo prometido y lo cumplido se mide en baldosas levantadas y maleza que nadie corta.

Además, en el propio seno de los partidos hay quienes se han apartado en momentos clave porque no compartían la forma de hacer política basada en el desgaste del adversario. Esa renuncia es un recordatorio de que no todo vale, y de que la política debería construirse sobre la coherencia y el respeto, no sobre la crítica vacía.

La cuestión es clara: ¿qué sentido tiene criticar a los demás si en tu propio ámbito de competencia el abandono es visible? La respuesta no está en el discurso, sino en el ejemplo. Una persona que hoy ocupa un cargo de asesor en la Diputación, con un pasado municipal y con vínculos en el tejido vecinal, no puede pretender que la sombra de su gestión pase desapercibida. Si su función es asesorar y velar por el territorio, entonces esas aceras, en su estado actual, son también reflejo de su responsabilidad.

Es necesario recordar que la política no debería ser un juego de reproches ni una escalera de ascensos personales. La política es, ante todo, la gestión de lo común. Y cuando lo común se descuida hasta el punto de que una simple acera se convierte en un peligro, queda demostrado que la prioridad no está en el ciudadano, sino en la foto y el titular.

La reflexión final es evidente: hoy, esa acera rota nos recuerda que la política no debería ser un show de reproches, sino un compromiso con el entorno y la gente. Cuando las aceras se rompen, cuando ninguno de los niveles competentes da una explicación o no actúa, la sombra que proyectan los políticos es más larga y oscura que la fotografía matinal de cualquier vecino que pase por allí.

Es una lástima que esas aceras estén en el estado que vemos y que quienes las administran se escondan tras siglas y esquemas institucionales. Los vecinos no merecen esta política de escaparate, sino una de acción y compromiso, donde el servicio público no sea un trampolín, sino una vocación auténtica. Y si las críticas son legítimas, que lo sean también quienes las hacen.