«Bajo el resplandor de Maite»

«Bajo el resplandor de Maite»

Bajo un cielo que guarda secretos
y en la hora en que la luz se vuelve suave,
puse mi brazo en torno a su cuello
y el mundo, por un instante, fue perfecto.

Ella, Maite, con sus ojos de alborada,
no miraba, bendecía.
Y en sus pupilas vivía el reflejo
de un Cristo que abraza sin decir palabra.

Su bondad no es gesto ni discurso,
es pan que se parte sin que nadie lo pida,
es agua en la sed del que no se atreve a hablar,
es el milagro cotidiano de ser buena
sin darse cuenta.

A veces —cuando calla—
el silencio se vuelve un canto,
y yo me quedo quieto, observando
ese fuego manso que la habita.
No hay en ella aspavientos de grandeza,
pero todo lo suyo tiene un peso sagrado:
una sonrisa,
una mirada,
un sí,
un “te espero”,
un “tranquilo, estoy aquí”.

Y estoy aquí.
Con mi brazo envolviéndola
como quien protege el tesoro más puro,
como quien dice sin palabras:
«no sé si merezco tanto,
pero no me sueltes».

Maite no se impone,
ella convence sin querer.
Camina como los lirios entre espinas,
y aún en días grises
lleva sol en el alma.

A veces me pregunto qué hice
para que Dios me confiara
la ternura hecha persona,
la calma con rostro de mujer.
Porque Maite no es solo bella,
es bella de esa forma que no se marchita:
bella como lo es la fe
cuando ya no se duda,
como lo es la esperanza
cuando se pone al servicio del otro.

No es que me enamore de ella todos los días…
es que no he dejado de hacerlo
desde el primero.
Y cada vez que la miro,
sé que hay algo más grande que yo
actuando en su vida.

El mundo puede doler,
puede tambalearse,
pero cuando Maite sonríe
yo recuerdo que hay cosas invencibles.
Como la bondad.
Como la gracia.
Como su manera de amar sin medida.

Ella no sabe lo fuerte que es,
porque no necesita demostrarlo.
Ella no sabe que es faro,
porque se dedica a ser refugio.
Ella no sabe que su corazón
es una carta escrita por Dios
y enviada al mundo
para recordarnos
que aún hay belleza.

Y yo la abrazo.
La abrazo sabiendo que no es mía,
que es del cielo,
pero que, por un milagro,
me fue dada.

Y en esa foto —la que ves—
no solo están nuestros cuerpos juntos.
Está mi promesa de cuidarla,
mi gratitud por su vida,
y ese susurro que no siempre digo:
“Gracias por existir, Maite…
gracias por existir así”.