Hay que aplaudir con entusiasmo (y algo de vómito contenido) la última genialidad logística de Renfe: a partir del 9 de junio, Ferrol se queda sin su única conexión directa con Madrid.
Adiós al tren Alvia que, como un valiente resistente, salía cada mañana a las 5:53 para unir la ciudad naval con la capital del Reino. Ahora, todo viajero deberá apearse en A Coruña y cambiar de tren. Porque en pleno siglo XXI, la solución ferroviaria para Ferrol es exactamente la misma que la de un cruce de mulas: parar, descargar, y cargar de nuevo.
Renfe lo pinta bonito, claro. Nos venden el cambio como una modernización. Que si el nuevo AVE S-106, que si Galicia por fin se sube al tren de la alta velocidad (aunque Ferrol se queda fuera de esa fiesta).
Tres conexiones diarias a Madrid, sí, pero todas con trasbordo.
La razón de fondo es tan vergonzosa como predecible: la línea entre Ferrol y A Coruña no está electrificada.
Sigue anclada en una especie de Edad Media ferroviaria. Ni un solo kilómetro de catenaria para Ferrol, porque al parecer no lo merece. Mientras tanto, se invierte en infraestructuras faraónicas que acaban infrautilizadas.
¿Y qué hace Renfe? Pues lo de siempre: parchear. Imponen un trasbordo y lo venden como mejora.
El nuevo trayecto saldrá a las 5.40 de Ferrol, con enlace en A Coruña, y llegará a Madrid a las 10.50.
La duración será similar al anterior Alvia directo, pero con la incomodidad añadida del cambio de tren.
En la web de Renfe solo aparecen tres trayectos:
- El de las 5.40, con llegada a las 10.50.
- Uno a las 8.20 que figura como “tren completo” pero no está disponible.
- Y otro a las 17.41, con llegada a las 23.04.
El precio parte de 44,80 euros. Una tarifa que no se ajusta precisamente a la pérdida de calidad del servicio.
En resumen: el mismo precio, menos servicio y más molestias.
Alguien planteó una solución lógica: extender hasta Ferrol el Alvia que conecta Lugo con Madrid. Lugo tampoco tiene línea electrificada, pero mantiene su tren directo.
Renfe ni confirma ni desmiente. Simplemente ignora. Ferrol, una vez más, no importa.
Ferrol no cuenta. No está en la agenda política ni en los planes de infraestructura.
Renfe sigue la inercia de una ciudad que hace años colgaron del gancho y están dejando caer sin hacer ruido.
Esto no es una simple pérdida de un tren. Es un símbolo más del abandono.
Porque mientras España presume de AVEs, Ferrol pierde su única conexión directa con la capital y se resigna al trasbordo como si fuera un privilegio.
Renfe dirá que todo está pensado para mejor. Pero ha sustituido un servicio funcional por un remiendo.
Es como cerrar un hospital y decir que ahora toca coger un taxi hasta el siguiente pueblo para operarse.
El problema no es técnico, es político. En diciembre Ferrol ya perdió una de sus dos conexiones directas.
Ahora pierde la última. Y la pregunta es: ¿cuánto más hay que perder para que alguien diga basta?
Esto no es progreso. Es abandono con billete numerado.
Y Ferrol, como siempre, queda esperando en el andén de los olvidados.