Hay quienes dejan su huella en la tierra,
sin alzar la voz, sin buscar honor,
con un corazón rebosante de amor,
con manos que sanan, con fe que no yerra.
José Manuel Quintana Amado,
nombre de entrega, dulce candor,
guía en la sombra, faro sagrado,
luz que se esparce con tierno fervor.
Desde sus labios, palabras sencillas
curan heridas, siembran verdad,
sus ojos reflejan, como semillas,
paz infinita, amor y bondad.
Niños y jóvenes hallan en él
más que un maestro, más que un pastor,
hallan al padre, firme y fiel,
que enseña con vida, que inspira valor.
Subió a un barco, sin miedo al peligro,
donde otros callan, él supo actuar,
con manos abiertas, con gesto amigo,
dando esperanza, sabiendo amar.
No quiso aplausos, no quiso halago,
solo servir, su único afán,
pues su grandeza nunca hizo estrago,
humilde y puro, noble y galán.
Hoy sus palabras laten, resuenan,
en cada alma que supo guiar,
pues los que aman jamás se ausentan,
su luz permanece, sigue a brillar.
Y aunque los años doblen su espalda,
y aunque la vida le pida cesar,
su obra sigue viva, su amor no se apaga,
su nombre en la historia ha de perdurar.
Porque su vida es luz y entrega,
porque su alma es fuego de Dios,
y en cada vida que él sosiega,
siguen latiendo sus manos en flor.
Nunca hubo muro que no derribara
cuando el dolor llamó a su ser,
con fe y ternura, su amor alcanzara
hasta el rincón más roto de ayer.
Sus fieles lo saben, su pueblo lo canta,
su senda brilla en la eternidad,
pues quien ha dado su vida con tanta
entrega y gracia, jamás dejará de iluminar.
José Manuel, pastor y amigo,
senda de luz, faro inmortal,
su amor nos queda, su fe nos bendice,
su voz resuena, dulce y leal.
Y en momentos de duda y sufrimiento,
cuando el camino parecía incierto,
estuvo conmigo, con su tierno aliento,
brindando consuelo, siendo mi puerto.