La Iglesia: De Comunidad de Sedientos a Estructura de Masas

La Iglesia: De Comunidad de Sedientos a Estructura de Masas

Jesús proclamó con claridad: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su interior» (Jn 7,37-38). Su mensaje era directo: la fe no es una rutina, sino un anhelo profundo de Dios. Sin embargo, la Iglesia que debía canalizar esa fuente de agua viva se ha convertido en un sistema estructurado donde muchos participan sin sed, sin conversión genuina, limitándose a prácticas sacramentales vacías de fe. En palabras de Xabier Pikaza, «la Iglesia corre el peligro de convertirse en una institución más, en la que el rito sustituye a la experiencia de Dios».

De Comunidad de Fe a Masa Sin Conversión

Gerard Lohfink, en su reflexión sobre la comunidad cristiana, destaca que Jesús no quiso una Iglesia de masas, sino una comunidad de discípulos. La Iglesia primitiva era un grupo reducido pero lleno de fervor, donde cada miembro encontraba en Cristo la fuente de su vida. Hoy, sin embargo, asistimos a una paradoja: los templos pueden llenarse en celebraciones importantes, pero no de creyentes sedientos de Dios, sino de asistentes sociales, movidos por costumbre o conveniencia.

Las estructuras eclesiales han generado una burocracia pastoral donde muchos sacerdotes, en lugar de ser testigos y guías espirituales, actúan como administradores de sacramentos. Esto se traduce en un cristianismo deshidratado, donde se recibe la Eucaristía sin fe viva y el sacramento de la confesión sin verdadero arrepentimiento. La pregunta es inevitable: ¿Cómo hemos llegado a este punto?

Las Unidades Pastorales: ¿Solución o Más de lo Mismo?

Ante la crisis de vocaciones, la solución institucional ha sido la creación de unidades pastorales, en las que un solo sacerdote atiende varias parroquias. Sin embargo, esto no resuelve el problema de fondo. Más que un asunto de distribución de clero, el desafío es la ausencia de comunidades vivas. La Iglesia no necesita estructuras más eficientes, sino cristianos que vuelvan a la fuente.

Jon Sobrino advierte que la Iglesia pierde su sentido cuando se aleja de la opción por el Reino y se vuelve una institución centrada en sí misma. Las unidades pastorales pueden ser una respuesta funcional, pero no devolverán la vitalidad a una Iglesia que ha olvidado que su razón de ser es Cristo y no su propia conservación institucional.

Agua Pura en Cañerías Oxidadas

El Evangelio sigue siendo una fuente inagotable de agua viva. Sin embargo, como bien señala José María Castillo, el problema no está en la fuente, sino en las tuberías que la transportan. El mensaje de Jesús es puro, liberador, transformador, pero la estructura eclesial, en muchos casos, es una canalización oxidada que contamina el agua antes de llegar a los fieles.

Muchos creyentes buscan respuestas, pero encuentran una Iglesia que habla con un lenguaje burocrático o moralista, en lugar de ofrecer el Evangelio como lo que realmente es: un encuentro con el Dios vivo. La Iglesia necesita urgentemente reformar sus canales para que el agua de Cristo llegue limpia y pura a quienes tienen sed.

Una Conversión Eclesial Urgente

No bastan reformas administrativas ni estrategias de evangelización diseñadas desde despachos. La única solución es la conversión. Jesús no dijo «id y organizad estructuras», sino «id y haced discípulos» (Mt 28,19). Necesitamos comunidades de fe auténticas, donde la vida cristiana sea experiencia y no solo rito, donde la Palabra transforme y no solo se escuche como un discurso vacío.

El cristiano de hoy debe preguntarse: ¿Tengo sed de Dios o solo cumplo con ritos? Y la Iglesia debe cuestionarse: ¿Somos testigos de Cristo o gestores de un sistema? La respuesta definirá el futuro de la fe en nuestro tiempo.

Como dijo Jesús: «El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed» (Jn 4,14). La pregunta es: ¿Queremos realmente beber de ella?

Sacramentos Sin Vida: Una Estructura sin Dios

La Iglesia ha cimentado su acción pastoral en la administración de los sacramentos, pero en muchos casos ha vaciado su verdadero sentido. Se han convertido en actos rutinarios donde la gracia de Dios queda relegada a un segundo plano y la vida espiritual se reduce a la recepción de ritos sin una fe real que los sustente.

Los sacramentos son signos eficaces de la presencia de Cristo, pero su eficacia no es automática. Sin una fe activa, se convierten en simples formalismos. La Eucaristía no puede ser un rito vacío, sino el centro de la vida del creyente, un encuentro con Cristo que transforma. Sin embargo, hoy muchos la reciben sin preparación, sin hambre ni sed de Dios.

Los sacerdotes, llamados a ser pastores según el corazón de Cristo, en demasiadas ocasiones han adoptado un rol de funcionarios eclesiásticos. Su misión ya no es acompañar espiritualmente, sino gestionar parroquias como si fueran oficinas administrativas. Se ocupan más de trámites, horarios y papeleos que de guiar a las almas hacia la conversión. Esto ha alejado a Dios de la vida cotidiana de muchas personas, convirtiendo la religión en una obligación y no en una experiencia de amor y encuentro con lo divino.

La secularización no solo viene de fuera de la Iglesia, sino de dentro, cuando se pierde la centralidad de Dios y se sustituye por estructuras, normas y rituales vacíos. Es urgente devolver la vida espiritual a la comunidad, recordar que la Iglesia no existe por sí misma, sino para llevar a los hombres a Dios. La pastoral no puede reducirse a la administración de sacramentos, sino que debe estar al servicio de una auténtica transformación interior.

El futuro de la Iglesia no depende de su estructura, sino de su capacidad de llevar a las personas a Cristo. Sin esto, se convertirá en un cascarón vacío, una organización sin alma. Es hora de recuperar el fuego del Evangelio y volver a la fuente que sacia verdaderamente la sed del corazón humano.

Para la conversión verdadera, es necesario un corazón abierto a Dios, humildad para reconocer la necesidad de su gracia y un deseo sincero de cambio. Este proceso comienza con la fe, el arrepentimiento y la búsqueda de la verdad en la Biblia. Acudir a la Palabra desde el inicio nos ilumina, transformando nuestra vida con su enseñanza. En ella encontramos la guía para alejarnos del pecado y seguir el camino de Cristo, alcanzando la paz y la salvación.