El reciente relevo de Santiago Cantera como prior del Valle de los Caídos ha generado un torbellino de reacciones en ciertos círculos eclesiásticos. Algunos lamentan su destitución como si se tratara de una pérdida irreparable para la Iglesia y la sociedad, como si hubiéramos asistido al destierro de un sabio iluminado en lugar del final de una era de intransigencia.
Pero conviene recordar las joyas que nos dejó en sus años de priór, especialmente su peculiar reinterpretación de la historia. Según Cantera, los presos que trabajaron en la construcción del Valle de los Caídos lo hicieron con un entusiasmo casi festivo. En su mundo de fantasía, estos hombres no eran esclavos, ni trabajaban en condiciones infrahumanas, ni sufrían enfermedades, hambre o malos tratos. No, según su relación de los hechos, aquello debió de ser algo así como un campamento de verano con vistas a la sierra. Uno imagina a los presos silbando mientras cincelaban la piedra, alegres de poder contribuir a tamaña obra, sin más recompensa que la satisfacción del deber cumplido.
Resulta enternecedor el esfuerzo que Cantera puso en convertir el Valle en su fortaleza personal, donde la historia se torcía a su antojo y el franquismo se convertía en una suerte de edad dorada de espiritualidad y trabajo comunitario. En su mundo, todo intento de resignificar el monumento era una afrenta, un ataque a la verdad, un intento de profanación.
Claro, porque lo que realmente necesitaba España en pleno siglo XXI era un enclave anclado en el pasado, un mausoleo convertido en símbolo de rivalidad, una basílica donde la reconciliación brillaba por su ausencia.
Y ahora, ante su cese, surgen voces compungidas que ven en esto una injusticia histórica. Pobrecito Cantera, dicen algunos, como si le hubieran despojado de su trono y arrojado al desierto. Pero la realidad es que su destitución abre la puerta a una nueva etapa en la que el Valle de los Caídos deje de ser un punto de conflicto y pase a convertirse en lo que debería haber sido desde el principio: un espacio de memoria donde se recuerde a todas las víctimas, sin distorsiones, sin fantasías y sin nostalgias de un pasado que debería haberse cerrado hace décadas.
La nostalgia por Cantera es, en realidad, nostalgia por una España que ya no existe, y que nunca debería volver a existir. Una España donde la historia se contaba según convenía, donde la memoria de los vencidos se ocultaba bajo toneladas de piedra y donde ciertos sectores de la Iglesia aplaudían desde su cómoda atalaya. Pero los tiempos cambian, aunque algunos sigan emperrados en mirar por el retrovisor y aferrarse a sus leyendas personales.
El relevo de Cantera no es una tragedia. Es, si acaso, una llamada de atención. El Valle de los Caídos debe evolucionar, debe convertirse en un lugar de diálogo, de memoria real y no edulcorada. Y si a algunos les cuesta aceptarlo, quizá sea el momento de que revisen sus nostalgias y entiendan que la historia no se escribe con fantasías sino con verdad. Porque si de algo no necesita España es de guardianes de un relato que ya no se sostiene.
Y si alguien aún echa de menos a Cantera, siempre podría escribirle para que le envíe postales desde su retiro. Quién sabe, quizá ahora tenga tiempo de reflexionar y descubrir que la historia, por mucho que uno se empeñe, no se puede cincelar a martillazos.