¡Oh, Jesús Sanz, varón de batalla,
arzobispo y cruzado sin malla!
Desde el púlpito, espada en la mano,
predica en latín… pero suena a castellano.
No de Cristo, no del sermón,
sino del voto, la indignación.
Habla de patria, de honor y de raza,
como un Cid moderno… pero sin su coraza.
Sus fieles le buscan, con miedo y con dudas,
mas él solo truena en columnas sesudas.
¿Qué hay de la diócesis, qué del pastor?
Se fue tras la guerra, ¡y olvidó el redil, señor!
Covadonga llora, sin niños que canten,
el seminario, cual vela, se apaga distante.
Pero en las ondas su voz sigue ardiendo,
más tertuliano que guía, más grito que aliento.
Oh, Sanz Montes, pastor de la diestra,
si fueras profeta, ¿por qué tanta siesta?
Si ves la injusticia con ojo selecto,
¿es el Evangelio o es puro electo?
De Asturias el cura, de España el azote,
te alzas grandioso sobre el clerical brote.
Mas en tu rebaño, la voz se silencia…
¿o acaso el silencio no es tu ciencia?
Los curas del pueblo, cansados y solos,
miran a Oviedo buscando socorro.
Mas Sanz, elevado en su torre dorada,
dispara tuits con furia sagrada.
¿Y el pobre feligrés, qué puede esperar?
Rosarios de oferta, pero ni un seminar.
Que el templo se caiga, que el cura se agote,
mientras él bendice discursos de bloque.
Si Lutero viera tal gran desvarío,
quizás repensara su gran desafío.
Las almas perdidas, los pobres sin techo,
no entran jamás en su ardiente discurso.
Prefiere advertir de Satán rojo y progre,
que ensucia con leyes su puro estandarte.
Con gesto severo, cual viejo inquisidor,
declama en la radio, exhala furor.
Que tiemble el gobierno, que tiemble el pecado,
mas nunca sus socios de voto sagrado.
¿Qué haría aquel Cristo, el de los desposeídos,
si viera su templo tan mal repartido?
Tal vez, con paciencia y sin voz estridente,
le haría un milagro… pero en la frente.
Y mientras el pueblo reza y espera,
él sigue en su trono de guerra y bandera.
Que el rebaño se pierda, pero él sigue en su guerra,
mientras el pueblo se ahoga, él tuitea en su tierra.
¡Que los feligreses callen, él es el nuevo profeta!
Mientras en su diócesis faltan pastores,
él sueña en tertulias con nuevos honores.
Entre tuits y discursos de gran brillantez,
olvida el rebaño y su deber de fe.
La diócesis clama, él se pierde en su guerra,
mientras las almas se apagan en su propia tierra.
¿Pastor o político? La duda persiste,
su fe se disfraza de un eco que insiste.
Si el reino es de todos, si Dios es amor,
¿por qué su evangelio huele a rencor?
Su cruzada no salva, sólo divide,
y entre los fieles, su liderazgo se quiebre.
¡Que su discurso brille, que el pueblo se calle!
Mientras las ovejas, al fin, ya no hallan valle.